El dueño de Blender y Carajo quedó en el centro de la tormenta por los despidos tras un reclamo salarial. Pero el conflicto abrió otra pregunta: cómo se sostiene una estructura de streaming, contratos públicos y lujo de Punta del Este.
A Augusto Marini se le mezclaron las pantallas. En una, Blender se quedó sin programa en vivo por una protesta contra los despidos. En la otra, su nombre vuelve a aparecer unido a contratos con el Estado, concesiones, energía, medios y fiestas de lujo. La pregunta dejó de ser si el streaming da plata. Ahora es otra: quién paga semejante función.
El conflicto estalló el jueves por la noche durante Último Aviso. La conductora Fiorella Sargenti contó al aire que varios trabajadores habían sido despedidos después de reclamar una actualización salarial. La decisión fue no seguir con el programa. Minutos después, la transmisión se cortó.
La escena tuvo todo lo que el streaming suele vender como espontaneidad, pero esta vez sin gracia. Conductores en vivo, empleados despedidos, una pantalla que se apaga y una frase que quedó girando: “si tocan a uno, tocan a todos”. En un canal acostumbrado al ruido, el silencio fue el dato político.
Según reconstruyeron medios locales, los trabajadores habían enviado un correo con reclamos concretos. Pedían actualización de sueldos, pago de feriados y revisiones trimestrales. No era la revolución bolchevique. Era una paritaria mínima en formato mail. La respuesta habría sido una tanda de alrededor de veinte despidos.
La empresa salió a responder con el libreto clásico. Dijo que cumple sus compromisos y que un grupo reducido intentó condicionar el funcionamiento del canal usando la propia pantalla como mecanismo de presión. O sea, los empleados dijeron que reclamaban salarios. La compañía dijo que le tomaron el canal.
Marini no es un dueño más. Controla Blender y también Carajo, dos señales que parecen pelearse en público, pero comparten caja arriba. Una juega con un perfil más progresista. La otra funciona como ecosistema libertario, con el Gordo Dan y figuras del oficialismo como parte del paisaje. Dos tribunas, un mismo boletero.
Ahí aparece el primer dato incómodo. El negocio del streaming en Argentina crece en audiencia, pero no necesariamente en caja. Tiene conductores, equipos técnicos, producción, redes, estudios y egos de alto mantenimiento. La monetización no siempre alcanza para pagar la fiesta. Por eso, cuando un dueño sostiene dos señales enfrentadas y además se expande, la pregunta cae sola.
Marini es fundador y presidente de Cale Group, un holding que se mueve por rubros bastante más pesados que el clip viral. Trenes, energía, salud, infraestructura y medios. Motora Argentina, firma vinculada al grupo, fue adjudicataria de una compulsa por 3,8 millones de dólares para proveer repuestos de locomotoras y coches a Operadora Ferroviaria. La contratación se hizo bajo el paraguas de la emergencia ferroviaria.
La explicación oficial fue que Motora ofreció el mejor precio. También se informó que hubo propuestas más caras, como una de 4,8 millones de dólares. Hasta ahí, expediente mata sospecha. Pero la política argentina no vive sólo de expedientes. Vive también de timing, vínculos y escenas.
El mismo empresario también quiere jugar en la Ciudad. Cale Group Media ofreció 50 millones de pesos mensuales por la operación del Canal de la Ciudad. La cifra quedó muy por encima del piso del pliego y de otra oferta que rondó los 15 millones. El Estado porteño mantiene la licencia, pero el privado se queda con la gestión técnica, comercial, de mantenimiento y programación. Nada mal para alguien que ya administra la grieta por streaming.
A eso se suma otro rubro sensible: energía. Una empresa del holding de Marini presentó una oferta en una compulsa vinculada a baterías para evitar cortes de luz en momentos de alta demanda. El mapa se ensancha. Ya no es sólo Blender. No es sólo Carajo. Es tren, televisión, energía y política, todo en el mismo tablero.
Entonces entra la otra pantalla: la del lujo. Su pareja, Angie Landaburu, no es una desconocida. Es modelo, influencer, diseñadora, empresaria y conductora del podcast Ángeles y Demonios. Tiene millones de seguidores y una vida pública construida alrededor de la moda, la estética y los eventos. El punto no es ella. El punto es lo que esa vidriera muestra del mundo Marini.
La fiesta para revelar el sexo de su hijo fue una postal de ese universo. Fue en Punta del Este. Hubo familiares y amigos vestidos de blanco, flores rosas y celestes, una mesa larga de madera, sillas de estilo francés, globos pastel, tragos temáticos y una avioneta cruzando el cielo con un cartel: “Hello baby boy”. No fue un baby shower. Fue una licitación sentimental con vista al mar.
Después llegó el bautismo de Alessandro, también en Punta del Este. La celebración tuvo unos cincuenta invitados, ambientación de bosque encantado en Solanas, vestido Gucci para Angie y look Loro Piana para Marini. Otra postal perfecta. Otro decorado sin margen para el bajo presupuesto.
Nadie dice que un empresario no pueda tener plata. Nadie dice que una pareja no pueda celebrar. El problema es otro. Cuando se apagan programas por despidos, cuando los trabajadores reclaman salarios, cuando el streaming no termina de explicar su modelo de negocios y cuando el dueño aparece al mismo tiempo cerca de contratos públicos, concesiones y fiestas de catálogo, la pregunta deja de ser chusma.
De dónde sale la plata no es una frase de peluquería. Es una pregunta periodística. Marini puede responder con balances, contratos, accionistas, inversión privada y expedientes. O puede dejar que la avioneta siga escribiendo en el cielo. Pero después de Blender, la nube ya no dice “Hello baby boy”. Dice otra cosa: que alguien explique la caja.




