Los ceos se sientan a la mesa donde se definen las políticas públicas.
La última cumbre del G7 que se celebró en junio en la ciudad balnearia francesa de Évian-les-Bains tuvo un acontecimiento poco usual para un evento en el que se reúnen líderes de Francia, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Reino Unido, Italia y Japón, más las autoridades de la Unión Europea.
Entonces, lo que llamó la atención fue la forma de cierre que tuvo el evento que se llevó a cabo del 15 al 17 de ese mes y que tuvo a Emmanuel Macron como anfitrión. Durante la última jornada, quienes se sentaron en la mesa del G7 fueron los CEOs tecnológicos.
El almuerzo contó con los máximos ejecutivos de las tres empresas de inteligencia artificial más influyentes del mundo: Sam Altman, de OpenAI; Demis Hassabis, de Google DeepMind; y Dario Amodei, de Anthropic.
También se sumaron representantes de empresas como Cohere, Mistral AI, Black Forest Labs, Domyn, Sakana AI y Synthesia. Se trató de uno de los encuentros de mayor nivel registrados entre gobiernos e industria tecnológica celebrado hasta la fecha.
La reunión fue llamada “Garantizar un despliegue seguro, rápido y eficiente de la inteligencia artificial”. La señal del G7 fue clara y esquivó las especulaciones: la idea fue mostrar que la IA ya no responde a una preocupación que compete únicamente a las empresas tecnológicas, sino que es una política pública global.
En las charlas, el debate sobre la IA se coló en torno al impacto que tiene sobre la energía. Actualmente, los centros de datos que alimentan los grandes modelos de lenguaje consumen grandes cantidades de electricidad. Mientras más nuevo sea el modelo, más consume. Por ese motivo, la transición energética y la expansión de la IA son dos fuerzas que compiten y a la vez se necesitan.
En ese sentido, hay expertos que sostienen que la inteligencia artificial puede ser la gran protagonista al acelerar la transición energética, con la optimización de redes eléctricas y diseñando mejores baterías. Al mismo tiempo, su crecimiento amenaza con sobrecargar las redes antes de que se complete la transición.
El encuentro, más allá de que sirvió para que los líderes del G7 muestren que consideran que la tecnología tendrá consecuencias comparables a las de las grandes transformaciones energéticas o digitales en las últimas décadas, también lo hizo para poner sobre la mesa cuestiones como la resiliencia tecnológica, la dependencia de proveedores extranjeros, la seguridad de los sistemas y la necesidad de establecer mecanismos de gobernanza compatibles con la velocidad de innovación en el sector.
Uno de los ejes que se discutieron tuvo que ver con la creciente preocupación europea por la fuerte concentración del liderazgo en IA en empresas de Estados Unidos. Los países del Viejo Continente quieren fortalecer sus capacidades propias y reducir las dependencia de tencologías desarrolladas fuera de su territorio.
La presencia de Mistral AI y Black Forest, por caso, no es casual. Tiene un objetivo estratégico, en línea con los esfuerzos para construir ecosistemas nacionales y regionales de IA para complementar o competir con los norteamericanos.
De esta forma, quedó claro que la decisiones de IA ya no se toman en las empresas, sino que también se discuten y se elaboran donde se definen también las políticas económicas y de seguridad internacional.




