El Central flexibilizó una de las regulaciones que sobrevivió a la Convertibilidad y permite ampliar los préstamos en dólares a empresas que no generan divisas. Los bancos nacionales empujan la apertura y aseguran que hay dólares ociosos. Los extranjeros y Moody’s advierten por el riesgo de descalce de monedas.
Con una economía que no consigue recuperar velocidad y un crédito en pesos todavía caro, el Gobierno encontró una nueva palanca: poner a trabajar los dólares depositados en los bancos.
El Banco Central avanzó con una flexibilización de las normas que regulan los créditos en moneda extranjera. El cambio es sensible porque toca uno de los alambrados que quedaron levantados después de la crisis de 2001: evitar que los bancos presten los dólares de los depositantes a empresas o personas que cobran en pesos y, por lo tanto, quedan expuestas a una devaluación.
La Comunicación A 8446 abrió una nueva ventana. Hasta ahora, los depósitos en dólares podían destinarse básicamente a financiar exportadores y empresas directamente vinculadas con ellos. La nueva normativa permite que también reciban esos dólares compañías que no generan divisas, siempre que presenten como respaldo una garantía en moneda extranjera de una empresa exportadora.
No es una apertura completa. El exportador que presta la garantía debe constituirse como principal pagador y renunciar a los beneficios de excusión y división. En castellano: si la empresa que tomó el crédito no paga, el banco puede ir directamente contra quien puso la garantía.
Pero el movimiento importa porque forma parte de una flexibilización más amplia. El año pasado, el Central ya había habilitado a los bancos a prestar dólares a empresas sin ingresos en esa moneda cuando los fondos no provinieran de los depósitos del público sino de obligaciones negociables, líneas externas u otras fuentes propias.
Ahora se cruzó una frontera adicional: bajo determinadas condiciones también pueden entrar en juego los dólares de los ahorristas.
La presión para avanzar vino especialmente de los bancos argentinos. La Asociación de Bancos Argentinos (Adeba), que preside Javier Bolzico, viene reclamando que se amplíen los destinos permitidos para esos fondos. El argumento es bastante sencillo: el sistema tiene muchos más dólares disponibles que demanda de crédito entre los sectores habilitados para tomarlos.
Bolzico puso un número sobre la mesa. Los bancos transforman en préstamos alrededor del 55% de los depósitos en dólares, contra aproximadamente el 85% de los depósitos en pesos. Para las entidades nacionales, esa diferencia muestra una enorme capacidad de financiamiento inmovilizada por la regulación.
La magnitud del crecimiento también es considerable. Según Adeba, los préstamos en dólares al sector privado crecieron 82% durante 2025, unos USD 8.215 millones, y el stock superó los USD 18.000 millones, el mayor nivel desde la salida de la Convertibilidad.
Los defensores de la flexibilización sostienen que Argentina tiene una anomalía: una economía con escaso crédito doméstico pero una enorme cantidad de dólares ahorrados dentro y fuera del sistema financiero. La apuesta consiste en construir un puente entre ambas puntas.
Hay además una cuestión de precio. Para muchas empresas, financiarse en dólares puede resultar considerablemente más barato que hacerlo en pesos. Con tasas domésticas elevadas, ampliar esa vía permitiría financiar inversiones y capital de trabajo y, en la mirada del Gobierno y de los bancos que impulsan el cambio, contribuir a sacar a la actividad del freezer.
Fabián Kon, CEO del Galicia, defendió la apertura cuando el Central dio el primer paso sobre este terreno. “Si la fuente de financiamiento para ese crédito no son los depósitos del público, no hay ningún riesgo”, sostuvo. Para Kon, separar las distintas fuentes de fondeo permite ampliar el crédito sin comprometer necesariamente la estabilidad del sistema.
Pero ahora la discusión subió un escalón porque la nueva norma habilita, con una garantía exportadora de por medio, la utilización de los depósitos.
Del otro lado aparecen los bancos internacionales. Las entidades extranjeras fueron mucho más resistentes a flexibilizar una regla prudencial que sobrevivió durante más de dos décadas y a gobiernos de todos los colores.
La razón tiene tres palabras: descalce de monedas.
Una empresa que factura pesos pero debe dólares puede tener una deuda perfectamente manejable mientras el tipo de cambio permanezca estable. Si ocurre una devaluación fuerte, sus ingresos continúan denominados en pesos mientras su pasivo pega un salto instantáneo. La deuda no necesita subir un dólar para convertirse en un problema: alcanza con que cambie el precio del dólar.
Ese mecanismo quedó tatuado en la memoria del sistema financiero después de 2001. Durante la Convertibilidad, empresas y familias que generaban pesos se endeudaron en dólares porque el uno a uno hacía aparecer a las dos monedas como equivalentes. Cuando esa equivalencia se rompió, también se rompieron los balances.
Moody’s fue explícita cuando el Central comenzó a flexibilizar estas normas. “La mora de los bancos podría verse presionada por el riesgo de descalce de moneda”, advirtió la calificadora.
Según Moody’s, permitir que empresas que no generan divisas accedan a financiamiento en dólares aumenta la posibilidad de incumplimientos frente a un salto cambiario. La calificadora reconoció que ese peligro podía moderarse en un escenario de estabilidad del dólar, pero puso el foco precisamente en aquello que Argentina históricamente tuvo dificultades para garantizar: que esa estabilidad dure.
Alejandro Butti, CEO de Santander Argentina, también eligió la cautela. Dijo que existe un buen panorama para la expansión del crédito en un contexto de normalización económica, pero aclaró sobre la flexibilización: “Por ahora miramos la medida con mucho cuidado”.
Ahí aparece la verdadera grieta entre los bancos.
Las entidades nacionales ven una montaña de dólares con poca posibilidad de transformarse en préstamos y quieren ampliar el negocio. Los bancos internacionales ponen por delante una regla básica de administración del riesgo: quien debe dólares debería generar dólares.
El Central intenta construir un camino intermedio. No habilita indiscriminadamente los préstamos con depósitos del público, sino que exige que detrás de la empresa que genera pesos haya otra compañía con flujo comprobable de divisas dispuesta a poner el cuerpo.
Para sus defensores, justamente ahí está el cortafuegos. Si el deudor original queda atrapado por una devaluación, el banco tiene como respaldo a un exportador que sí genera los dólares necesarios para cancelar el crédito.
Los críticos contestan que el riesgo no desaparece sino que cambia de bolsillo. La empresa que garantiza pasa a cargar con una deuda potencialmente ajena y, si una crisis cambiaria golpeara simultáneamente a varias compañías, habría que comprobar cuánto vale realmente esa cadena de garantías.
La discusión llega además en un momento particular. El Gobierno necesita que el crédito ayude a una economía que perdió dinamismo, mientras el costo del financiamiento en pesos continúa elevado. Abrir la canilla de los dólares ofrece una salida rápida y tentadora.
El dilema es que la canilla está conectada con uno de los caños que el sistema financiero argentino decidió cerrar después de la peor crisis de su historia.
Para los bancos nacionales, mantener esos dólares inmovilizados por miedo al pasado significa renunciar a una fuente enorme de financiamiento. Para los más cautos, la regulación existe precisamente porque Argentina ya hizo una vez el experimento de combinar ingresos en pesos con deudas en dólares.
En el fondo, los dos grupos discuten sobre una misma variable: el dólar.
Si la estabilidad cambiaria llegó para quedarse, el crédito en moneda extranjera puede convertirse en una fuente barata de financiamiento y ayudar a reanimar la actividad. Si el tipo de cambio vuelve a pegar uno de los saltos que jalonaron la historia económica argentina, el préstamo barato puede convertirse rápidamente en una deuda muy cara.
Por eso el debate tiene algo de discusión sobre el futuro y bastante de discusión sobre el pasado. El Gobierno quiere usar los dólares para despertar una economía que necesita crédito. Los que se oponen recuerdan que el cerrojo que ahora se flexibiliza no apareció por capricho: se puso después de 2001.




