Fue un anticipo de Mosca. Cale Group Media, de Augusto Marini, ofreció $50 millones mensuales y quedó primera en la licitación. Las radios públicas porteñas no recibieron ofertas.
La pelea por el Canal de la Ciudad dejó de ser un rumor de pasillo y pasó al expediente. El Gobierno porteño preadjudicó la operación de la señal a Cale Group Media S.A., la empresa vinculada a Augusto Marini, dueño de Blender y Carajo.
Mosca había adelantado en mayo que Marini se había metido en la carrera por quedarse con la pantalla pública porteña. Ahora la jugada quedó formalizada. La Comisión de Evaluación de Ofertas recomendó adjudicarle el canal a Cale Group, que presentó la propuesta económica más alta.
La Ciudad abrió la licitación para concesionar el Canal de la Ciudad, Radio Ciudad AM 1110 y La 2×4 FM 92.7. Para la señal televisiva hubo dos ofertas. Una fue la de Cale Group Media. La otra, la de Argentinos Media, vinculada a Marcelo González. Para las radios, en cambio, no apareció ningún interesado. La AM y la FM tanguera quedaron desiertas.
El dato duro ordena la historia. Cale Group ofreció un canon mensual de $50 millones. Argentinos Media puso sobre la mesa $15 millones. El canon base del pliego rondaba los $10,7 millones para el renglón principal. En una licitación donde el precio pesaba fuerte, Marini entró con billetera de primera fila.
Según la evaluación oficial, Cale Group superó los requisitos técnicos, administrativos y económico-financieros del pliego. También pesó el artículo 30, que establece que, si las propuestas cumplen las condiciones, gana la que ofrece el mayor canon. Misterio chico, calculadora grande.
Argentinos Media quedó relegada por observaciones sobre documentación económico-financiera. Entre los señalamientos aparecieron faltantes en estados contables presentados ante la IGJ y datos insuficientes sobre inversiones y financiamiento. En una competencia desigual por precio, cada papel flojo terminó pesando más.
La preadjudicación no equivale todavía a la adjudicación definitiva. Ahora se abre el período de impugnaciones. Pero el camino quedó marcado. Si no aparece una sorpresa administrativa, Cale Group pasará del streaming al control operativo de una señal pública porteña.
El Gobierno de Jorge Macri sostiene que no transfiere la titularidad del canal, sino que concesiona su operación. Es decir: el canal sigue siendo público, pero la gestión, la programación y la explotación comercial quedan en manos privadas. Una privatización que no quiere usar la palabra privatización. Muy de época.
El argumento oficial es reducir costos y modernizar la gestión. La pregunta incómoda es otra: si el Estado conserva el logo, pero un privado maneja la pantalla, la grilla y la caja comercial, ¿quién controla realmente el canal?
Ahí aparece la parte más jugosa. Marini no viene del viejo mapa de medios. Construyó un ecosistema anfibio. Tiene un pie en Blender, con estética más progresista y guiños al público peronista. Y otro en Carajo, la terminal libertaria donde Daniel Parisini, el Gordo Dan, convirtió el streaming en misa política.
La grieta, en este caso, no divide. Factura. La misma estructura empresarial puede dialogar con públicos distintos, vender estilos opuestos y moverse con comodidad en una escena donde la ideología también funciona como formato.
La jugada incomoda porque no se trata solo de un canon mensual. Se trata de llegada. En tiempos donde un recorte viral instala más que una editorial, quedarse con una señal pública porteña puede ser mucho más que administrar estudios y cámaras. Es agarrar una vieja herramienta de televisión y ponerle lógica de algoritmo.
La licitación también tuvo ruido regulatorio. El ENaCom cuestionó el avance sobre las radios y advirtió sobre el carácter indelegable de las licencias audiovisuales. La Ciudad respondió que no transfería licencias, sino que tercerizaba la operación. En el medio quedó una postal curiosa: un gobierno nacional libertario trabando una privatización porteña. El liberalismo, cuando se mira al espejo, también encuentra internas.
Las radios fueron el dato más silencioso de la licitación. Radio Ciudad y La 2×4 no despertaron interés. La televisión, en cambio, todavía conserva valor político. No tanto por rating, sino por estructura, marca, archivo, estudios, pauta potencial y lugar simbólico en el mapa porteño.
En el mercado de medios lo explican sin poesía: nadie compra fierros por nostalgia. Se compra capacidad de instalación. Y el Canal de la Ciudad, aunque no sea una máquina de audiencia, puede convertirse en una plataforma útil para mezclar entretenimiento, actualidad, pauta, política y negocios.
La historia, entonces, es menos pintoresca de lo que parece. No es solo el dueño de dos canales de streaming quedándose con una señal porteña. Es el salto de un nuevo jugador desde YouTube al Estado. Del vivo con chat al expediente. Del clip viral a una pantalla con sello oficial.
Mosca lo contó cuando todavía era una pelea en voz baja. Ahora la Ciudad lo puso en papeles. Marini quedó primero, la competencia quedó lejos y el canal porteño quedó a un paso de cambiar de operador. Falta la adjudicación final, pero la mosca ya zumbó donde estaba la miel.




