La vice multiplica encuentros con empresarios de todos los sectores para construir volumen político propio. En el oficialismoleen la movida como el armado de su candidatura.
Victoria Villarruel dejó de actuar como una vicepresidenta de reparto. Mientras Javier Milei concentra el poder formal y Patricia Bullrich endurece el discurso para quedarse con el electorado más conservador, la titular del Senado arrancó su propia campaña de seducción sobre el establishment. Y lo hace con método: al menos cuatro reuniones diarias con empresarios de todos los sectores.
Por el despacho de Villarruel ya desfilaron representantes de la Cámara Argentina de la Construcción, directivos de Copal, dirigentes de la UIA, empresarios del acero, automotrices, forestales y hasta referentes del sector pesquero. El menú es amplio. Y el mensaje también.
En el círculo rojo ya interpretan que las reuniones no son protocolares ni meramente institucionales. La vice busca construir algo más profundo: vínculos políticos, terminales empresarias y volumen propio para disputar liderazgo dentro de la derecha. En otras palabras, convencer al establishment de que ella también puede garantizar gobernabilidad, orden y negocios.
La jugada tiene un destinatario evidente. Patricia Bullrich. La ministra de Seguridad se quedó con buena parte del vínculo cotidiano con sectores duros del poder económico, sobre todo aquellos que celebran el ajuste, la mano dura y el disciplinamiento social. Villarruel quiere meterse en esa conversación y demostrar que puede representar una versión más ordenada, más clásica y menos explosiva del oficialismo.
“Ella está construyendo”, resumió a Mosca un empresario que pasó por el Senado en las últimas semanas. “No habla como candidata, pero escucha como candidata”. La frase circula entre ejecutivos que ven en la vice una figura más previsible que Milei y menos desgastada que Bullrich.
La estrategia no es casual. Villarruel entendió que parte del establishment todavía mira con desconfianza la lógica pendular del Gobierno. El Presidente alterna señales pro mercado con episodios de volatilidad política, peleas públicas y un esquema de poder extremadamente cerrado. En ese contexto, la vice intenta ofrecer otra cosa: estabilidad institucional, diálogo y una estética conservadora menos caótica.
En varias de esas reuniones, además de temas sectoriales, aparecen conversaciones sobre clima político, gobernabilidad y elecciones. La construcción tiene una lógica de largo plazo. Villarruel sabe que dentro del oficialismo todavía no existe un heredero claro para representar al espacio cuando Milei deje de ser novedad y pase a ser gestión.
La paradoja es curiosa. Mientras Milei sigue denunciando a “la casta”, su vicepresidenta despliega una agenda típicamente política: café con empresarios, contactos territoriales, construcción de confianza y relaciones con sectores tradicionales del poder económico. Una gimnasia bastante más cercana al manual clásico del sistema que a la épica libertaria antiestablishment.
En el Senado algunos ya describen el despacho de Villarruel como una “embajada paralela” del Gobierno. Hay empresarios que directamente prefieren hablar con ella antes que intentar entrar al pequeño círculo que rodea al Presidente. “Con Javier nunca sabés quién decide. Con ella por lo menos podés conversar”, ironizó un industrial.
La vice, mientras tanto, evita romper públicamente con Milei. Se mueve con paciencia. Sin estridencias. Pero en política las reuniones también hablan. Y cuando una dirigente recibe cuatro empresarios por día en medio de una interna silenciosa con Bullrich, el mensaje es bastante claro: no quiere ser espectadora del próximo reparto de poder dentro de la derecha argentina.




