El dato llegó, pegó y dejó ruido. La inflación de marzo fue 3,4%. Es la más alta en 12 meses. No es un salto brusco, pero sí una señal clara: la desaceleración se frenó. Y en un contexto donde todo el relato oficial gira en torno a la baja de precios, el número incomoda.
El INDEC confirmó que el índice subió desde el 2,9% de febrero. Es el décimo mes consecutivo de aumentos. En lo que va del año, ya acumula 9,4%. Y la inflación interanual alcanzó el 32,6%. No es una dinámica explosiva, pero tampoco es la curva descendente que el Gobierno promete.
Detrás del número hay rubros concretos que explican la presión. Educación subió 12,1%, impulsada por el inicio de clases. Transporte trepó 4,1%, con impacto directo del aumento de combustibles. En ese punto aparece un factor externo: la guerra en Medio Oriente, que empujó el precio del petróleo y terminó filtrándose en los surtidores locales.
El dato no es menor. Porque muestra algo que en Economía saben, pero dicen en voz baja: la inflación ya no es solo un fenómeno doméstico. Hay shocks externos que empiezan a jugar. Y no hay herramientas fáciles para absorberlos.
En los números más finos, los precios regulados subieron 5,1%. Las tarifas y el transporte volvieron a liderar. Los servicios públicos —luz, gas y agua— aumentaron 3,7%. Es decir, la inflación viene con ancla fiscal, pero también con corrección de precios atrasados. Una tensión difícil de sostener.
Los alimentos y bebidas, el rubro que más pesa en el bolsillo, subieron 3,4%. En línea con el promedio general. No lograron perforar el índice. Eso es clave. Porque si los alimentos no bajan más rápido, el impacto social se siente de inmediato.
La inflación también mostró diferencias regionales. El Noreste tuvo el dato más alto, con 4,1%. El Noroeste quedó cerca, con 4%. En el otro extremo, la Patagonia registró 2,5%. El mapa inflacionario se vuelve cada vez más heterogéneo.
En la Casa Rosada no disimulan la incomodidad. “El dato es malo, no nos gusta”, dijo el presidente Javier Milei. Pero enseguida agregó que hay elementos para esperar que la inflación retome una senda decreciente. Es una admisión con matices. Reconoce el problema, pero sostiene la expectativa.
En paralelo, las primeras estimaciones privadas de abril no traen alivio. Apuntan a un registro similar al de marzo. Es decir, no hay todavía señales claras de una nueva desaceleración. La promesa de que abril marque un quiebre empieza a correr.
Un operador del mercado lo resumió sin rodeos: “La baja de inflación no murió, pero entró en pausa”. El problema es que esa pausa ocurre justo cuando el Gobierno necesita mostrar resultados.
La escena es conocida. Un índice que deja de caer. Precios regulados que empujan. Factores externos que complican. Y un discurso oficial que insiste en que lo peor ya pasó.
La pregunta es cuánto dura esta transición. Porque en Argentina, la inflación no necesita acelerar para volverse un problema. A veces alcanza con que deje de bajar.




