El fundador de Management & Fit salió de las sombras con un diagnóstico filoso: el triunfo libertario no fue solo esperanza de cambio, sino también un permiso social para dinamitar el sistema.
Guillermo Seita conoce la política argentina por dentro. No por los discursos. La conoce por los pasillos, los teléfonos, las campañas y los silencios. Desde hace cuatro décadas se mueve cerca del poder, con una virtud que en la Argentina vale oro: puede hablar con casi todos sin quedar del todo pegado a nadie.
Ahora decidió hablar. Y no eligió la cautela de manual. El fundador de Management & Fit dejó una definición que ordena mejor que muchas encuestas el clima de época: la gente no votó a Javier Milei solo para administrar la crisis. Lo votó para que todo implosionara.
La frase tiene veneno y precisión. Porque no describe un voto de confianza tradicional. Describe otra cosa. Un voto de hartazgo. Un voto contra la rosca, contra los partidos, contra los intermediarios y contra esa maquinaria política que prometía reparación mientras seguía cobrando peaje.
Según esa lectura, Milei no llegó al poder por parecerse a un estadista clásico. Llegó, justamente, por no parecerse. La sociedad no buscó un piloto prolijo para aterrizar el avión. Buscó a alguien dispuesto a patear la puerta de la cabina. Después se vería si había pista.
Seita, que vio pasar presidentes, gobernadores, candidatos, ministros y armadores de toda laya, apunta al corazón del fenómeno libertario: Milei fue la forma política de una rabia acumulada. No apareció en el vacío. Creció sobre una democracia cansada, una economía rota y una dirigencia que confundió permanencia con legitimidad.
El dato más incómodo para la política tradicional es que ese enojo no fue marginal. Se volvió mayoría electoral. Y ahí está la trampa para todos: los que creían que Milei era un accidente subestimaron la profundidad del derrumbe previo. El experimento libertario no cayó del cielo. Fue incubado por años de frustración, inflación, cinismo y promesas vencidas.
Por eso el consultor mira más allá de la espuma diaria. La pregunta ya no es solo cuánto aguanta Milei. La pregunta es cuánto queda en pie del sistema que Milei vino a desafiar. El Presidente administra la motosierra, pero el permiso para cortar se lo dio una sociedad que ya venía con la paciencia vencida.
En ese paisaje, Seita aparece como un intérprete incómodo. No habla desde la tribuna. Habla desde el subsuelo de la política profesional, ese lugar donde las campañas se diseñan antes de que los candidatos sonrían en cámara. Y desde ahí su diagnóstico suena menos a provocación que a advertencia.
Milei prometió destruir la casta. Pero la Argentina tiene una especialidad: convertir cada demolición en una nueva oficina con aire acondicionado. La implosión, al final, puede llevarse puesto al viejo sistema o apenas remodelarlo con otros apellidos. Esa es la duda que queda flotando.
Porque cuando una sociedad vota para que todo estalle, el problema no termina con la explosión. Empieza después, entre los escombros. Allí se ve quién reconstruye, quién cobra, quién se disfraza de nuevo y quién, como siempre, consigue una silla cerca del enchufe.




