El camarista se inspiró en Falcone, habló de lógica mafiosa y apuntó contra La Nación. Quiso ordenar el vínculo entre jueces y periodistas. En Casación le bajaron el volumen.
Carlos Mahiques escribió una carta de tres páginas y entró a la escena con música de película siciliana. El padre del ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, no denunció a una banda criminal. Apuntó contra La Nación. Más precisamente, contra la “virulencia” de la empresa La Nación S.A. y de sus “epígonos”. Todo muy sobrio. Todo muy republicano. Todo con olor a vendetta de pasillo.
El juez de la Cámara Federal de Casación Penal le mandó la nota al presidente del tribunal, Diego Barroetaveña. Allí se presentó como víctima de una persecución mediática. Dijo que los temas judiciales son tratados por los medios con información “falsa, distorsionada o errónea”. También sostuvo que algunos comunicadores deslizan sospechas, afirman falsedades y usan términos sarcásticos, caricaturescos o directamente injuriosos contra magistrados. Entre ellos, claro, se incluyó a sí mismo.
La carta tiene un detalle sabroso. Mahiques, miembro de una familia judicial con fuerte presencia en el ecosistema de Comodoro Py, eligió a Giovanni Falcone como brújula moral. Falcone fue el juez italiano asesinado por la Cosa Nostra en 1992. Desde ahí, papá Mahiques construyó su argumento: “Los métodos y la lógica mafiosa, como alertaba G. Falcone, no es algo privativo de las organizaciones criminales sino de todos los poderosos que, dentro y fuera del Estado, buscan condicionar el normal funcionamiento de la Justicia”, escribió.
La comparación es delicada. Porque el camarista no habla de Palermo, Sicilia. Habla del diario de los Saguier. La Nación pasó, en la pluma de Mahiques, a ocupar el lugar de un poder capaz de condicionar jueces, ensuciarlos, aislarlos y matarlos simbólicamente. Un giro dramático para una queja mediática. La Justicia argentina siempre tuvo buen teatro, pero esta vez alguien se trajo la utilería de El Padrino.
El núcleo del planteo no fue sólo la queja. Mahiques pidió discutir reglas para el vínculo entre magistrados y periodistas. Propuso crear una vocería u organismo de prensa dentro del tribunal para difundir sentencias y resoluciones desde una fuente “rigurosa, confiable y oficial”. Traducido al castellano de Tribunales: que la información salga por una canilla controlada.
Pero fue más lejos. Sugirió incorporar normas deontológicas sobre las relaciones personales entre jueces y periodistas. Y planteó sancionar éticamente como una “grave falta” el intercambio de información o de “favores” que después son usados por el periodismo como “fuentes judiciales” no revelables. Ahí está la madre del asunto. No se trata sólo de contestarle a La Nación. Se trata de disciplinar la conversación informal entre Justicia y prensa.
El juez definió ese circuito como “promiscuidad informativa”. También habló de “periodismo oportunista y mercenario”. La frase parece escrita con tinta institucional, pero tiene sangre caliente. En el fondo, Mahiques se queja de algo más simple: lo miran, lo cuentan y lo molestan. Y cuando la prensa mira demasiado cerca, algunos sectores del Poder Judicial sienten que la toga se les achica.
El contexto hace ruido. Mahiques tiene 75 años y el Senado le dio acuerdo para seguir en el cargo más allá del límite de edad. Su hijo Juan Bautista, ministro de Justicia de Milei, impulsó el pliego para extenderle la permanencia por cinco años. En cualquier familia eso sería motivo de orgullo. En la Justicia argentina, además, es una postal del sistema funcionando con la naturalidad de una sobremesa larga.
La trayectoria del camarista también viene cargada. Fue ministro de Justicia bonaerense durante la gestión de María Eugenia Vidal. Después pasó por la Casación ordinaria y llegó a la Cámara Federal de Casación Penal con la firma de Mauricio Macri. Es decir, no cayó del cielo. Su nombre circula desde hace años en el mapa judicial, político y mediático.
También quedó envuelto en el caso Lago Escondido, por el viaje de jueces, empresarios y lobbistas a la estancia de Joe Lewis en la Patagonia. Aquella historia tuvo chats, explicaciones, sobresaltos y una causa que terminó anulada en Comodoro Py. Después apareció otra foto incómoda: su cumpleaños en una quinta de Pilar atribuida a Pablo Toviggino, tesorero de la AFA. La biografía reciente no es precisamente una hoja en blanco.
Por eso la carta no cayó como un trámite administrativo. Cayó como una bomba chica en la pecera de Casación. El planteo de Mahiques buscaba que el tribunal se pronunciara sobre lo que él considera una amenaza institucional. En criollo: quería que sus colegas se subieran al reclamo contra la prensa. Pero el entusiasmo no fue contagioso.
La Casación se reunió para tratar el tema y no avanzó con ninguna de las iniciativas fuertes. Ni la sanción por el intercambio entre jueces y periodistas. Ni la vocería como embudo oficial. El comunicado final eligió el camino elegante: “continuar el debate”. Esa frase, en tribunales, suele querer decir muchas cosas. Una de ellas es: no nos hagas firmar este incendio.
En la reunión, según trascendió, Mahiques bajó el tono. Explicó que su objetivo no era cuestionar la legitimidad del periodismo ni poner en discusión la libertad de expresión. Dijo que quería mejorar la comunicación de las resoluciones judiciales. El giro fue notable. De la lógica mafiosa a la mejora comunicacional. De Falcone al manual de prensa. Una pirueta con toga.
La historia deja una postal perfecta del momento argentino. Un juez poderoso, padre de un ministro, recién prorrogado en su cargo, denuncia que está indefenso frente a periodistas que cuentan sus movimientos. Para defenderse, propone regular fuentes, contactos y filtraciones. Después, cuando el rebote se vuelve incómodo, aclara que no quiso decir lo que todos entendieron que quiso decir.
La carta de papá Mahiques quiso denunciar una mafia mediática. Terminó mostrando otra cosa: el reflejo corporativo de una Justicia que tolera mal el escrutinio público. Cuando la luz entra por una hendija, algunos no piden abrir la ventana. Piden cambiar la cerradura.




