El fallecimiento de Daniel Osorio Peñaloza, gerente de GenTech y socio de confianza de Martín Menem, abrió una causa judicial, una hipótesis policial y una tormenta digital. El expediente recién empieza, pero las redes sociales ya armaron su propio tribunal.
Daniel Antonio Osorio Peñaloza tenía 46 años, era contador venezolano y ocupaba un lugar clave en GenTech Argentina, la empresa de suplementos deportivos fundada por Martín Menem. No era un empleado más. Era gerente general, directivo y hombre de confianza del presidente de la Cámara de Diputados. Su muerte, encontrada bajo la carátula de “muerte dudosa”, cayó sobre el oficialismo como una piedra en un aljibe: primero hizo ruido, después empezó a devolver preguntas.
Osorio fue hallado sin vida en un departamento de la avenida Díaz Vélez, en Almagro/Caballito, cerca del Cid Campeador. Según las primeras reconstrucciones, no respondía llamados desde hacía horas. Una persona de su entorno, que tenía llave, entró al domicilio, lo encontró sobre la cama y avisó al SAME y a la Policía de la Ciudad. La causa quedó en manos de la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N° 22, a cargo de Marcelo Cubría, con intervención del Juzgado N° 40, de Paula González.
Hasta acá, los hechos. Después vino la intemperie digital. En X, Instagram y cuentas políticas, la muerte empezó a circular con tres palabras que funcionan como fósforo seco: “Menem”, “gerente” y “muerte dudosa”. La Justicia todavía junta cámaras, peritajes, registros del celular y estudios toxicológicos. Pero las redes, que no esperan autopsias ni oficios, ya empezaron a llenar los huecos con sospechas.
El dato que más prendió fue la presencia de Martín Menem en el edificio. El propio titular de Diputados salió a explicar que se enteró por una llamada, que fue inmediatamente al lugar, que cuando llegó ya estaban el SAME y la Policía, y que su presencia respondió “exclusivamente” al vínculo afectivo con Osorio. También pidió a periodistas y usuarios de redes que evitaran “especulaciones y versiones sin sustento”.
Pero esa aclaración, en vez de apagar del todo el incendio, le puso más aire. En redes se repitió una pregunta sencilla y venenosa: qué hacía el presidente de la Cámara de Diputados en el lugar. Algunas versiones iniciales dijeron que estaba cuando llegó la Policía. Otras reconstrucciones periodísticas indicaron que llegó después y que no ingresó al departamento donde estaba el cuerpo. Esa diferencia no es menor. En una causa sensible, la cronología es el hueso de la historia.
La otra palabra que se instaló fue “viuda negra”. Fuentes citadas por distintos medios señalan que una de las hipótesis bajo análisis es que Osorio haya sido víctima de una persona que lo drogó para robarle o reducir su capacidad de reacción. Por ahora, es una línea de investigación, no una conclusión. La Justicia espera estudios toxicológicos y revisa cámaras públicas y privadas para reconstruir las últimas horas del empresario.
La secuencia previa también alimentó el ruido. Osorio había cenado el viernes por la noche con Martín Menem y otro ejecutivo de GenTech. Después, él y ese otro directivo habrían seguido la noche en un bar de Palermo. Su última conexión telefónica registrada fue el sábado a las 7.30. Desde ahí, silencio. El domingo apareció muerto.
El tercer elemento que explotó en redes fue el costado empresarial. GenTech no es una firma cualquiera en términos políticos. Es la empresa privada que Menem construyó antes de llegar al primer plano institucional. Martín Menem declaró poseer el 62% de las acciones de la compañía al ingresar a la función pública.
A eso se le sumó otra capa: usuarios y cuentas opositoras volvieron a vincular el caso con viejas denuncias y publicaciones sobre negocios alrededor de Suizo Argentina, Farma Online, ANDIS y productos GenTech. Chequeado reconstruyó que una denuncia penal de 2024 mencionaba compras por casi $30 mil millones sin licitación pública y agregaba que Farma Online comercializaba productos de GenTech, aunque también informó que esa causa fue cerrada por el fiscal Carlos Rívolo al no encontrar ilicitud en el procedimiento de contratación.
Ahí aparece el barro fino. Las redes no prueban, pero conectan. A veces conectan bien. A veces conectan todo con todo. En este caso, mezclaron una muerte bajo investigación, una empresa ligada a un funcionario de primer nivel, denuncias previas sobre contrataciones estatales y la presencia de Menem en el edificio. El resultado fue un cóctel perfecto para la sospecha pública.
La frase de Menem buscó ordenar ese desborde. “Dani fue mi amigo, mi compañero de trabajo y el gerente general de una empresa que construimos y desarrollamos juntos”, escribió. También pidió dejar trabajar a la Justicia. El problema político es que el apellido Menem ya venía cargado de contratos, denuncias cruzadas, vínculos empresariales y esa rara capacidad del poder para aparecer siempre cerca de una caja.
Por ahora no hay imputación pública contra Martín Menem ni una sospecha judicial directa informada sobre él. Ese punto hay que dejarlo escrito con marcador grueso. La causa investiga la muerte de Osorio, no una acusación contra el presidente de Diputados. Pero también es cierto que la política no sólo se mueve con expedientes. Se mueve con clima, con olor, con ruido de pasillo y con esa pregunta que las redes formulan de manera brutal: qué hay detrás.
La Justicia deberá decir si fue una muerte natural, un ataque, una viuda negra o cualquier otra hipótesis. Las redes ya dictaron su primera sentencia emocional: demasiadas piezas sensibles en una misma mesa. Un gerente muerto. Un socio poderoso. Una empresa privada. Un funcionario en el lugar. Un expediente abierto. Y una política argentina que, cuando la noche se pone más oscura, siempre encuentra una forma de parecer todavía más turbia.




