viernes, 14 agosto 2026

En Washington como en Buenos Aires: el gobierno vende propiedades del Estado para capear la crisis

La mayor potencia del mundo empieza a desprenderse de activos para ordenar cuentas. En Argentina, esa lógica ya es rutina frente a la falta de dólares.La diferencia: uno ajusta los márgenes, el otro vende lo que le queda.

El dato que publicó el Wall Street Journal no es neutro. Que el Estado federal de Estados Unidos salga a vender un edificio de casi un millón de pies cuadrados en Washington no habla solo de eficiencia: habla de un cambio de época. La primera economía del mundo empieza a desprenderse de activos en su propia capital. No por ideología, sino por necesidad.

Detrás de esa operación hay una señal más profunda. Oficinas vacías, costos crecientes, déficit persistente y una administración que empieza a mirar su balance con más urgencia. No es el corazón del problema fiscal estadounidense, pero sí un síntoma: incluso el Estado más robusto del mundo empieza a achicarse en los márgenes.

En ese contexto, la comparación con la Argentina adquiere otro tono. Porque mientras en Estados Unidos la venta aparece como un ajuste fino dentro de una estructura que sigue siendo gigantesca, acá la historia es otra. Argentina ya conoce ese reflejo: cuando aprieta la restricción externa, sale a hacer caja.

Y lo hace como sabe. Reventando joyas.

La lógica no es nueva. Frente a la escasez de dólares, el Estado argentino activa su versión inmobiliaria: vende tierras, activos, empresas o lo que tenga a mano para conseguir aire. Es una respuesta de corto plazo a un problema estructural. Una forma de “pasar el invierno” que ya se probó muchas veces.

Pero esa estrategia tiene un límite claro. Porque lo que se vende para aliviar el presente suele ser lo que falta en el futuro. Activos que podrían generar renta, desarrollo o capacidad productiva terminan convertidos en liquidez inmediata. Es pan para hoy, fragilidad para mañana.

Lo interesante es que ahora el espejo viene de otro lado. Estados Unidos empieza a hacer movimientos que, leídos desde la periferia, suenan familiares. No porque esté en la misma situación —no lo está—, sino porque empieza a mostrar tensiones que antes no eran visibles.

Ahí es donde la diferencia se vuelve más nítida. Washington vende un edificio vacío para ordenar cuentas. Argentina vende lo que puede para sobrevivir. Uno ajusta los márgenes. El otro compromete el centro.

Y en esa distancia se juega algo más que una política de activos: se juega la diferencia entre administrar un excedente o administrar la escasez.

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