miércoles, 1 julio 2026

Caputito Reloaded: el viejo odio contra Macri que ahora vuelve con peluca libertaria

La pelea entre Santiago Caputo y Mauricio Macri no nació con Milei. Tiene una precuela en la campaña porteña de 2011, cuando Twitter ya era barro, laboratorio y ring electoral.

A Santiago Caputo no le gusta Mauricio Macri. Eso dicen en el PRO desde hace años. Lo dicen sin sorpresa, casi con resignación. Como quien habla de una humedad vieja en la pared. El problema es que esa bronca, ahora, vive en la Casa Rosada. Y se sienta cerca del Presidente.

El odio de Caputo contra Macri no sería un dato psicológico. Es político. Y bastante útil para leer el presente. Porque mientras Javier Milei negocia, rompe, sobreactúa o vuelve a negociar con el PRO, su asesor más influyente mira al ex presidente con una mezcla de revancha, desprecio y cálculo. Una combinación poco cristiana, pero muy eficiente en redes.

La historia viene de lejos. No empezó con el video falso de Macri pidiendo votar a Manuel Adorni. Tampoco con las peleas por la lapicera, las listas o los cargos. Según reconstruyen viejos operadores de campaña, la primera escena fuerte ocurrió en 2011, durante la reelección porteña de Macri contra Daniel Filmus.

En aquel momento, Twitter era todavía un territorio nuevo. Menos masivo, pero más decisivo para la conversación política. Una especie de sótano iluminado donde se probaban operaciones, climas y venenos. Las campañas ya habían descubierto que ahí se podía pegar sin ensuciarse demasiado las manos.

En ese ecosistema apareció un usuario particularmente furioso contra Macri. No era una crítica más. Era persistente, filosa, casi personal. En el macrismo siguieron el rastro digital y, según esa versión interna, el IP los llevó directo al búnker de campaña.

El dato cayó como un florero en medio de una reunión. Hubo careo. Preguntas. Miradas cruzadas. Y ahí, siempre según esa reconstrucción, saltó un empleado joven de entonces: Santiago Caputo. Asumió la responsabilidad y dejó una frase que algunos todavía repiten con morbo: “Es que le tengo mucha bronca”.

La anécdota no figura en un expediente. Pero calza demasiado bien con el personaje que después construyó su carrera en la frontera entre la comunicación política, la rosca digital y la guerra psicológica de baja intensidad. Caputo venía de la escuela de Jaime Durán Barba y del ecosistema de Move, el semillero que mezcló consultoría, encuestas, redes y campañas agresivas.

Ese 2011, además, no fue un año cualquiera. La campaña porteña terminó atravesada por la denuncia de campaña sucia contra Filmus. El peronismo acusó al equipo de Durán Barba de difundir llamados con una falsa encuesta que vinculaba al padre del candidato con Sergio Schoklender. La Justicia avanzó y Durán Barba, Rodrigo Lugones y José Garat llegaron a ser procesados por presunta violación del Código Electoral.

Con el tiempo, la causa perdió fuerza y terminó en ese limbo tan argentino donde las campañas sucias envejecen mejor que los expedientes. Pero la marca quedó. La política porteña aprendió que el barro digital era barato, rápido y difícil de castigar. Una picadora perfecta.

Caputo creció ahí. En ese idioma. No como un accidente, sino como un método. Después llegó Milei y encontró en él algo más que un asesor: encontró un guionista, un operador y un administrador del odio disponible. El tipo que entiende que una cuenta anónima puede hacer más daño que un comunicado oficial.

Por eso la bronca contra Macri importa. No por chisme. Importa porque ordena una parte de la interna libertaria. Caputo no mira al PRO como un aliado natural. Lo mira como un viejo patrón al que se le puede saquear la caja de herramientas y después dejarlo esperando en la puerta.

La escena reciente del video falso de Macri, difundido en plena campaña porteña, volvió a poner esa relación bajo una luz bastante fea. Cuentas libertarias amplificaron una pieza manipulada con inteligencia artificial donde el ex presidente aparecía pidiendo el voto para Adorni. Macri denunció la maniobra y apuntó contra el ecosistema digital libertario.

Una cuenta atribuida a Caputo, @MileiEmperador, apareció cerrada después del escándalo. En el oficialismo nadie quiso hacerse cargo del todo. En el PRO tampoco compraron la inocencia. La vieja familia amarilla conoce esos trucos. Algunos los aprendieron juntos.

La ironía es deliciosa, si no fuera tan berreta. Macri ayudó a parir una forma de hacer política donde la campaña no terminaba en el afiche, sino en el subsuelo de las redes. Ahora ese mismo dispositivo le vuelve en contra, manejado por una generación que ya no le debe obediencia ni gratitud.

Caputo, mientras tanto, parece disfrutar ese desplazamiento. El alumno dejó atrás al dueño de la escuela. El troll de ayer ahora tiene despacho, acceso y poder. Y Macri, que durante años caminó sobre operaciones digitales como quien pisa una alfombra propia, descubre que la alfombra también se puede correr.

En la Argentina libertaria, la política no supera sus viejos métodos. Los recicla. Les pone peluca, motosierra y épica de videojuego. Y en esa remake, Santiago Caputo aparece como una continuidad incómoda del macrismo: el hijo díscolo que aprendió el oficio, odió al padre y ahora le hackea la herencia

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