Tras la censura y expulsión de los acreditados de prensa, en Balcarce 50 las ventas de café cayeron más de 30%.
La Casa Rosada se quedó sin periodistas. Los echaron. Cerraron la sala de prensa. Y en ese nuevo esquema, donde ya no hay cronistas dando vueltas por los pasillos, apareció un efecto inesperado: los que más los extrañan son los que hacen brindan el servicio de “coffee”.
No es una discusión sobre libertad de expresión. Es más simple. Más concreto. Sin periodistas, no hay consumo. Y sin consumo, el impacto se siente en el bolsillo.
Los mozos lo ven todos los días. Antes, entre conferencia y conferencia, circulaban cafés, charlas y compras improvisadas. Ahora, el ritmo bajó. Mucho.
Hace más de dos años que, además del servicio, muchos venden productos que traen de sus casas. Emprendimientos propios. Alfajores, budines, tortas, dulces. Una changa que se volvió clave para sostener ingresos.
Hoy esa venta cayó fuerte. “Compran cerca del 30% de lo que traigo, ojalá puedan volver pronto”, comentó uno de los mozos.




