jueves, 23 abril 2026

El peronismo del interior empieza a diseñar un modelo de desarrollo propio para diferenciarse del kirchnerismo

Con eje en producción y empleo, buscan correrse del esquema de planes y subsidios que marcó al kirchnerismo

En una sala sin liturgia partidaria ni nostalgia setentista, un grupo de diputados peronistas empezó a discutir algo que en el peronismo suele incomodar: un modelo de desarrollo económico.

No hubo consignas ni épica militante. Hubo una pregunta bastante más incómoda. La formuló el economista Diego Bossio al abrir la exposición: “¿De qué vamos a vivir los argentinos?”

La escena, en el actual clima político, tiene algo de herejía.

La presentación estuvo a cargo de Bossio y Martín Rapetti, socios de la consultora Equilibra, que expusieron un informe sobre empleo, ingresos y perspectivas económicas ante diputados como Guillermo Michel, Victoria Tolosa Paz, Gustavo Bordet y Kelly Olmos.

Pero el encuentro fue bastante más que un seminario técnico. Fue, en los hechos, el primer borrador de un nuevo discurso económico dentro del peronismo.

Un discurso que intenta despegarse de dos extremos que hoy dominan la discusión: el ajuste libertario del gobierno de Javier Milei y el viejo repertorio del kirchnerismo tardío.

En esa mesa nadie habló de volver a los planes sociales como política estructural. Tampoco de expandir subsidios como motor del consumo. La idea que empezó a circular es más incómoda para la tradición reciente del peronismo: sin orden fiscal no hay programa económico posible.

Dicho de otro modo: el equilibrio fiscal dejó de ser una mala palabra.

El diagnóstico que presentaron Bossio y Rapetti fue bastante crudo. La economía argentina puede estabilizar precios e incluso ordenar las cuentas públicas, pero eso no garantiza desarrollo. El problema que aparece detrás es la calidad del empleo que se genera.

Menos trabajo formal, más monotributo, más precarización. Una economía que se estabiliza… pero que no transforma su estructura productiva.

El informe incluyó un ejercicio que sirvió para poner en perspectiva el presente. Se compararon los primeros 28 meses de tres grandes experimentos de estabilización: el Plan Austral, la convertibilidad impulsada por Domingo Cavallo en los noventa y el programa actual de Milei.

La conclusión fue casi un clásico argentino. Los planes logran al principio cierto orden nominal. La inflación baja. El dólar se estabiliza. La economía respira.

Después aparece el mismo problema de siempre: atraso cambiario, pérdida de competitividad y creciente dependencia de deuda para sostener la estabilidad.

En ese punto aparece la discusión de fondo que empieza a recorrer a este peronismo que mira más a las provincias que al Instituto Patria. El orden fiscal puede ser necesario, pero no es un modelo de desarrollo.

La pregunta vuelve entonces al principio.

Si el país logra equilibrio macroeconómico pero no genera sectores productivos capaces de sostener empleo de calidad, la estabilidad termina siendo apenas una pausa antes de la próxima crisis.

Por eso la discusión que empezó a asomar en ese encuentro tiene algo de giro ideológico silencioso. El peronismo del interior empieza a pensar un programa que combine cuentas ordenadas con política productiva.

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