Mientras la relación política con el gobierno de Lula atraviesa su peor momento, un grupo de empresarios encabezado por Hugo Sigman tomó en sus manos la tarea de recomponer el vínculo con el principal socio comercial de la Argentina. En el sector privado ya hablan de una diplomacia paralela.
La preocupación en el empresariado es mucho más profunda de lo que admiten en público. Brasil no es un socio más. Es el principal destino de las exportaciones industriales argentinas y el mayor socio comercial del país. En 2025 el intercambio bilateral superó los u$s28.000 millones, con una integración productiva que atraviesa desde la industria automotriz hasta la farmacéutica. Por eso, cada cortocircuito político se traduce rápidamente en una amenaza económica.
El último episodio volvió a encender todas las alarmas. En el sector privado creen que la escalada verbal y política dejó a la relación bilateral en un terreno innecesariamente riesgoso, justo cuando la economía argentina depende cada vez más de sostener mercados externos.
Frente a ese vacío, un grupo de empresarios decidió hacer lo que, según describen en reserva, la diplomacia oficial no está logrando. Con Hugo Sigman como una de las figuras más activas, comenzaron a tender puentes para evitar que el conflicto político termine contaminando la relación económica entre ambos países. En otras palabras, montaron una suerte de “Cancillería blue” para intentar recomponer lo que la política rompió.
La semana pasada Sigman recibió al Ministro de Agricultura de Brasil. Elbrasileño asistió al acto de entrega del Banco Nacional de Antígenos para la Fiebre Aftosa en la planta industrial de la empresa Biogénesis Bagó, ubicada en la localidad de Garín
La iniciativa refleja además una evaluación cada vez más extendida entre los grandes empresarios. Ven una Cancillería con escasa capacidad para administrar un vínculo estratégico y decidieron tomar la negociación por las astas. “Alguien tenía que hacerlo”, resumió en reserva un empresario que sigue de cerca las conversaciones. La prioridad es evitar que una crisis política derive en represalias comerciales o regulatorias.
No es la primera vez que Sigman ocupa ese lugar. Su peso excede largamente al negocio farmacéutico. Desde hace años cultiva relaciones políticas y empresariales en la región y suele actuar como interlocutor cuando los canales institucionales se traban. Esta vez, la misión tiene un componente adicional: convencer a Brasil de que la integración económica sigue siendo una política de Estado, aunque la retórica presidencial parezca ir en sentido contrario.
La influencia del complejo farmacéutico también aparece detrás de otro capítulo silencioso de la política exterior. Los laboratorios nacionales lograron bloquear los intentos de avanzar hacia un esquema de propiedad intelectual alineado con las pretensiones de Estados Unidos, una discusión en la que también quedaron expuestas diferencias con Federico Sturzenegger. El sector mantuvo su capacidad de presión y preservó el régimen vigente.
Ese poder se refleja incluso en un mercado muy específico: la vacuna contra la aftosa. Los laboratorios nacionales conservaron un nivel de protección tal que ni siquiera ingresan vacunas importadas. Un dato que ilustra hasta dónde llega la capacidad de lobby de una industria que, cuando considera que hay intereses estratégicos en juego, suele imponerse incluso sobre funcionarios que llegaron prometiendo desregular prácticamente todo.




