El estudio del IARAF sostiene que casi media jornada laboral se destina al pago de impuestos y aportes, y cuestiona que la presión fiscal sobre el empleo formal sigue prácticamente intacta pese al ajuste del gasto público.
Un trabajador asalariado argentino necesita trabajar aproximadamente la mitad del año para cubrir la carga tributaria que recae sobre su salario. Recién entre el 21 de junio y el 1° de julio comienza, en términos simbólicos, a generar ingresos para sí mismo.
Esa es la principal conclusión de un informe difundido por el economista Gustavo Reija, que calcula el denominado “Día de la Independencia Tributaria”, un indicador utilizado en distintos países para estimar cuántos días del año se destinan al pago de impuestos, aportes y contribuciones.
Según el relevamiento, una familia asalariada tipo soporta una carga tributaria formal cercana al 49% o 50% de su ingreso total, independientemente del nivel salarial analizado.
En la práctica, eso implica que durante los primeros 172 a 182 días del año el trabajador genera recursos destinados al Estado. Recién a partir de fines de junio o comienzos de julio comenzaría a trabajar para su propio ingreso.
Traducido al tiempo efectivo de trabajo, el informe sostiene que entre 28 y 30 minutos de cada hora trabajada terminan absorbidos por impuestos, aportes y contribuciones.
Uno de los puntos centrales del estudio es que la carga tributaria resulta regresiva entre los asalariados formales. De acuerdo con los cálculos presentados, un trabajador con un ingreso mensual de $2.058.400 enfrenta una presión tributaria del 49,2%, mientras que quienes perciben el doble o incluso el triple registran cargas algo menores, del 47,2% y 47,7%, respectivamente.
La explicación, según el análisis, radica en que los aportes personales tienen un tope, mientras que los impuestos al consumo —como el IVA, Ingresos Brutos y tasas incorporadas a precios— representan una mayor proporción del ingreso para quienes destinan casi todo su salario al consumo.
Otro dato que destaca el informe es que el mayor peso no proviene del Impuesto a las Ganancias ni de los tributos patrimoniales, sino de los impuestos sobre el trabajo. Es decir, de los aportes personales y las contribuciones patronales que gravan el empleo registrado.
En ese sentido, el documento plantea que el sistema tributario argentino continúa castigando principalmente al empleo formal y al esfuerzo productivo antes que a otras formas de generación de riqueza.
El trabajo también compara la situación actual con la evolución de la presión tributaria agregada. Mientras el Gobierno exhibe una reducción de la presión fiscal efectiva sobre la economía —que el informe ubica en 26,7% del PBI, frente al 27,6% registrado en 2025—, esa disminución prácticamente no se refleja sobre los trabajadores registrados.
Según los cálculos presentados, la carga tributaria formal sobre los asalariados apenas se redujo 0,1 punto porcentual, ya que las rebajas impositivas recientes beneficiaron principalmente a otros sectores, como la reducción de derechos de exportación y de algunos impuestos internos.
A partir de esos datos, el informe concluye que el ajuste fiscal no modificó sustancialmente el peso tributario sobre quienes trabajan en relación de dependencia y cumplen íntegramente con el sistema formal.
El planteo reabre un debate recurrente en la economía argentina: cómo reducir la presión impositiva sobre el empleo registrado sin comprometer el equilibrio fiscal, en un contexto donde la formalidad laboral sigue siendo una de las principales fuentes de financiamiento del Estado.




