El enojo de Mariano Llorens no nació en la caminata desde Retiro hasta Comodoro Py. Nació puertas adentro de la Cámara Federal porteña. Se filtró una rosca. Y en Comodoro Py, cuando se filtra una rosca, no se filtra sólo una información: se rompe un pacto de silencio.
La Cámara Federal porteña es chica. Tiene apenas seis jueces. Dos salas de tres. En la Sala I están Llorens, Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi. Llorens funciona como el primus inter pares. Es el que más pesa. El que más ordena. El que más mandonea.
El berrinche apareció cuando empezó a circular que Llorens ya estaba armando una mayoría para rechazar la apelación de los querellantes de la causa Libra. Los querellantes quieren volver a la investigación después de que Marcelo Martínez de Giorgi los apartara y dejara la causa delegada en el fiscal Eduardo Taiano.
La decisión de Martínez de Giorgi abrió una lectura inmediata en tribunales. En Comodoro Py creen que el juez falló con un ojo puesto en el Gobierno. La especulación es que el apartamiento de las querellas funcionó como una devolución de gentilezas después de la designación de su esposa, Ana Juan, como jueza federal de Hurlingham.
La apelación de los querellantes va a la Cámara Federal. Y debe caer en la sala de Llorens, Bruglia y Bertuzzi. Ahí empieza el otro partido. Porque la discusión no es sólo jurídica. Es política. Y también personal.
Llorens estalló porque la filtración lo dejó parado en el medio de la trampa. Cerca suyo se preguntaban quién había dicho que él ya tenía decidido el voto. Pero la versión ya había corrido por Comodoro Py, por el Gobierno y por los operadores interesados en que la causa Libra no siga encerrando a los Milei.
El otro dato sensible es Bertuzzi. A diferencia de Bruglia, que pataleó contra su salida y llevó su reclamo hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Bertuzzi concursó para intentar quedarse en el cargo. Pero no le fue bien: quedó en el puesto 24 y después, en las entrevistas, trepó hasta el sexto lugar.
Arriba suyo aparece Cecilia Incardona, una fiscala bonaerense bien considerada por el peronismo. Ese detalle convierte la continuidad de Bertuzzi en una moneda política. El Gobierno necesita votos en el Senado. E Incardona podría ser parte de esa negociación.
En Comodoro Py dicen que Bertuzzi podría ser presionado para acompañar a Llorens y rechazar el regreso de las querellas. A cambio, conservaría alguna chance de seguir. Pero ni siquiera esa promesa parece firme. El Gobierno podría sacrificarlo igual si necesita ubicar a Cardona para conseguir el aval del peronismo.
La ecuación es brutal, pero simple. Un voto por aire. Un cargo en suspenso. Una causa sensible en el medio.
Por eso Llorens está furioso. No sólo porque le atribuyen una decisión que todavía no está firmada. También porque la filtración mostró el mecanismo antes de tiempo. Lo dejó asociado a una mayoría que todavía no quería blanquear. Lo mostró como pieza central de una maniobra que debía avanzar en silencio.
El camarista siempre rechazó las versiones sobre su cercanía con Mauricio Macri. Dice que sólo lo vio una vez. Pero en tribunales abundan quienes recuerdan otra historia: visitas, vínculos y hasta los souvenirs del equipo Liverpool, aquel grupo de jueces y fiscales que jugaba en Los Abrojos, la quinta de la familia Macri.
La causa Libra terminó así metida en el corazón de la interna judicial. De un lado, los querellantes que buscan volver. Del otro, un Gobierno que quiere una investigación más dócil. En el medio, Llorens enojado por la filtración y Bertuzzi haciendo equilibrio sobre una cornisa.
El berrinche no es por el expediente. Es por la exposición. La rosca debe existir, pero no debe verse. En Comodoro Py perdonan casi todo, menos que alguien prenda la luz antes de que termine la función.




