lunes, 6 julio 2026

111 días de bloqueo del Estrecho de Ormuz: qué cambió

Después de 111 días de bloqueo del Estrecho de Ormuz, Estados Unidos e Irán alcanzaron los términos de un cese del fuego y abrieron una negociación para reabrir gradualmente la ruta. El acuerdo aparece como un intento de normalizar el flujo internacional de petróleo, pero el texto advierte que la reapertura no implica volver de inmediato a la situación previa. Hay daños logísticos, técnicos y productivos que pueden durar meses o años.

El llamado “Memorando Islamabad” fue formalizado el 19 de junio de 2026 y contiene 14 puntos. Incluye el fin de la guerra, el compromiso de Estados Unidos de no interferir en Irán, la liberación de fondos iraníes congelados, la autorización para reanudar exportaciones de petróleo iraní y servicios financieros asociados, y la promesa de no imponer nuevas sanciones mientras sigan las negociaciones.

La estabilidad regional sigue siendo frágil porque Israel no se considera atado al acuerdo. El cese del fuego entre Washington y Teherán no ordena por sí solo el tablero de Medio Oriente.

Durante el bloqueo hubo más de 150 ataques contra instalaciones de energía en Medio Oriente. El artículo menciona daños en campos de petróleo y gas, refinerías y terminales de GNL en Qatar, Bahréin, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Irak. También señala que unas 84 instalaciones fueron afectadas y que 34 sufrieron daños graves o muy graves.

El sector de refino fue uno de los más golpeados. Las refinerías del Golfo habrían perdido alrededor de 3 millones de barriles diarios de capacidad. Se destacan daños en el complejo de Ras Laffan, en Qatar, clave para el gas natural licuado. La recuperación podría llevar años.

Hay diferencias marcadas entre países. Arabia Saudita logró amortiguar parte del golpe porque ya tenía una ruta alternativa por el Mar Rojo, a través del oleoducto Este-Oeste hacia Yanbu. En cambio, Irak y Qatar aparecen como mucho más vulnerables porque dependen más del Estrecho de Ormuz para exportar petróleo y GNL.

Otro punto fuerte es la tensión dentro de la OPEP. La salida de Emiratos Árabes Unidos de la OPEP y la OPEP+, y también la amenaza de Irak de abandonar la organización si no le amplían sus cuotas de producción. El bloqueo aceleró una interna que ya venía de antes.

En el plano global, la crisis reconfiguró los flujos de energía. Estados Unidos, Brasil, Canadá y Venezuela ganaron peso como proveedores alternativos. La producción fuera de Ormuz aumentó especialmente en Estados Unidos y Brasil, mientras países asiáticos buscaron reemplazos y recurrieron más al carbón.

La contradicción es elocuente: la crisis puede impulsar inversiones en renovables, hidrógeno, biocombustibles y almacenamiento, pero al mismo tiempo reforzar el uso de carbón, petróleo y gas como herramientas de seguridad energética. Es decir: la transición energética no avanza en línea recta, sino mezclada con urgencias geopolíticas.

La conclusión es que Ormuz volvió a mostrar la centralidad de los corredores marítimos estratégicos. La seguridad energética no depende sólo de tener petróleo y gas, sino también de rutas alternativas, infraestructura resistente, estabilidad política, cooperación internacional y capacidad de respuesta ante crisis.

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