jueves, 6 agosto 2026

El giro de Larreta hacia el progresismo: “Quiere ser el Mamdani porteño”

Lo aseguraron desde su entorno a Mosca. El ex jefe de gobierno ensaya un perfil social demócrata y no descarta una alianza con el peronismo de la Ciudad.

El regreso de Horacio Rodríguez Larreta a la escena porteña no es solo una candidatura. Es, sobre todo, un reposicionamiento. Un intento de reescribir su identidad política después de haber quedado en tierra de nadie tras la derrota de 2023 y la implosión del PRO como fuerza ordenadora de la derecha.

Larreta volvió con una consigna simple y efectiva: “Vuelvo”. Pero detrás de esa palabra hay algo más complejo. Ya no es el gestor moderado del macrismo clásico. Tampoco el presidenciable de consenso que buscaba sintetizar a toda la oposición. Ahora ensaya otro traje: el de candidato progresista, urbano, casi socialdemócrata, en una ciudad donde ese electorado quedó huérfano entre la derecha dura de Javier Milei y un PRO cada vez más corrido a posiciones conservadoras.

El lanzamiento lo muestra corrido del eje histórico del macrismo. La agenda que elige no es la de orden y mano dura, sino la de calidad de vida, espacio público, cercanía con el vecino. Habla de una ciudad “sucia”, “triste”, abandonada. No es casual: es un lenguaje más emocional que ideológico, pero apunta a un electorado que no se identifica ni con la motosierra libertaria ni con la lógica clásica del PRO. 

Ese corrimiento tiene una traducción política concreta: la ruptura con el PRO y la construcción de un espacio propio, como “Volvamos Buenos Aires”, que busca captar votantes desencantados del macrismo sin saltar directamente al peronismo. 

Pero la novedad no es solo discursiva. Es también estratégica.

En un escenario donde la derecha aparece fragmentada —con el PRO debilitado y La Libertad Avanza disputándole su base electoral—, Larreta empieza a ocupar un lugar intermedio. Un espacio que, en la práctica, lo deja más cerca del electorado progresista porteño que del núcleo duro de la derecha. 

Ahí es donde aparece la hipótesis que inquieta al macrismo: la posibilidad de entendimientos, explícitos o tácitos, con sectores del peronismo.

No se trata, al menos por ahora, de una alianza formal con el kirchnerismo. Pero sí de algo más sutil: una convergencia de intereses. En una elección fragmentada, cada punto que Larreta le quite al PRO o a La Libertad Avanza mejora las chances del peronismo, que históricamente fue minoría en la ciudad pero hoy encuentra una ventana de oportunidad.

De hecho, dentro del PRO ya lo dicen sin rodeos: su candidatura “es funcional al kirchnerismo”. 

La lógica es conocida. No hace falta un acuerdo explícito. Basta con ocupar un lugar en el tablero que reordene el mapa electoral.

Larreta parece haber entendido que su oportunidad no está en disputar la derecha —donde Milei corre con ventaja y el PRO conserva estructura— sino en reconstruir un centro político que hoy no tiene dueño. Un centro con sensibilidad progresista, gestión como valor y distancia tanto del kirchnerismo duro como del experimento libertario.

El problema es que ese espacio es, al mismo tiempo, el más inestable.

Porque implica convivir con una tensión permanente: diferenciarse del kirchnerismo sin romper los puentes del todo. Y marcar distancia del PRO sin perder del todo su electorado histórico.

En esa ambigüedad juega su estrategia. Y también su riesgo.

Larreta ya no es el jefe de Gobierno que administraba una mayoría cómoda. Tampoco el candidato presidencial del establishment. Hoy es otra cosa: un dirigente en reconstrucción que apuesta a ser la expresión política de un electorado desorientado.

Un candidato que, en la Ciudad de Buenos Aires, intenta volver por un camino distinto. Más sinuoso. Y bastante más incierto.

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