Mientras Peter Thiel se mueve en silencio por Buenos Aires, su empresa Palantir blanquea una doctrina que mezcla guerra, vigilancia, negocios y una idea bastante brutal del orden.
Peter Thiel aterrizó en la Argentina con el mismo método que aplica a sus negocios: bajo perfil, agenda blindada y olor a poder. Según contó Forbes, el cofundador de PayPal y presidente de Palantir lleva más de una semana en Buenos Aires, instalado en una mansión de Barrio Parque, con reuniones filtradas al milímetro, seguridad reforzada y sin dejar rastros fáciles. En un país urgido de dólares y obsesionado con el favor de los grandes jugadores globales, su presencia no pasó inadvertida. Menos todavía porque Thiel no es un inversor más. Es uno de los ideólogos más duros del nuevo poder tecnológico.
Su regreso tiene antecedentes. En mayo de 2024, Alec Oxenford contó en X que visitó a Javier Milei en la Casa Rosada junto a Thiel. Allí dejó una frase que sonó a bendición importada: dijo que Thiel creía que las ideas de Milei eran relevantes para el mundo, no sólo para la Argentina. Dos años después, el magnate vuelve sin fotos, sin declaraciones y con una agenda que, según fuentes empresarias, apunta a escuchar más de lo que habla. Ese silencio, en su caso, no tranquiliza. Al contrario.
El dato importa más por lo que Thiel representa que por el motivo puntual de su viaje. Con una fortuna estimada por Forbes en USD 29.300 millones al 21 de abril de 2026, puesto 84 entre los más ricos del mundo, Thiel integra la aristocracia dura de Silicon Valley. Fue el primer gran inversor externo de Facebook, apostó fuerte en Stripe y SpaceX desde Founders Fund, financia con la Thiel Foundation a jóvenes para que abandonen la universidad y armen startups, y hace años se corre del progresismo californiano con una agenda que mezcla elitismo, nacionalismo tecnológico y desprecio por las formas clásicas de la democracia liberal.
Ese universo encuentra su expresión más acabada en Palantir, la compañía que fundó en 2003 junto a Alex Karp y otros nombres de la llamada mafia de PayPal. Nació con apoyo de In-Q-Tel, el brazo de capital de riesgo de la CIA, y desde entonces creció como contratista estrella del aparato de seguridad estadounidense. Sus productos resumen bastante bien el negocio. Gotham trabaja con defensa e inteligencia para integrar datos de drones, satélites y fuentes humanas. Foundry ordena operaciones de grandes corporaciones. Metropolis se concentra en finanzas, fraude y mercado. En todos los casos, la lógica es la misma: tomar volúmenes gigantescos de información dispersa, volverlos legibles y convertirlos en capacidad de decisión.
Pero Palantir ya no quiere venderse apenas como una empresa que procesa datos. Ahora quiere presentarse como una doctrina. El 18 de abril de 2026 publicó en su cuenta oficial de X un manifiesto en 22 puntos para resumir The Technological Republic, el libro que Alex Karp publicó en febrero junto a Nicholas Zamiska. Lo que aparece ahí no es un paper técnico. Es una hoja de ruta política. La compañía dice que la elite ingenieril de Silicon Valley tiene una “obligación afirmativa” de participar en la defensa de la nación y plantea que el hard power de este siglo se construirá sobre software. Traducido: la guerra del futuro es un negocio digital y ellos quieren estar en la cabina.
El manifiesto es brutal por momentos. Pide terminar con lo que llama la tiranía de las apps, rechaza la complacencia de una industria volcada al consumo y la publicidad, y exige reorientar Silicon Valley hacia la defensa militar. Sostiene además que la neutralización de Alemania y Japón después de la Segunda Guerra fue excesiva y que esa restricción debe revertirse. El mensaje es transparente: remilitarizar aliados, acelerar la carrera con China y abrir nuevos mercados para la industria tecnológica de guerra. Donde otros ven límites históricos, Palantir ve oportunidades de expansión.
También propone recuperar el servicio nacional universal. Karp plantea que la próxima guerra no debería ser peleada por una fuerza totalmente voluntaria, sino compartida por la sociedad en riesgo y costo. El gesto busca vestirse de republicanismo clásico, como si el sacrificio repartido maquillara la concentración privada del negocio. Porque al mismo tiempo el texto machaca contra la burocracia pública, sueldos estatales y formas tradicionales del Estado. Ahí aparece la operación central de Palantir: desprestigiar al Estado para luego venderse como el reemplazo eficiente del Estado. No como proveedor, sino como prótesis indispensable.
Ese modelo ya tiene método propio. Lo llaman “land and expand”. Entran con un contrato chico, colocan ingenieros adentro de la institución cliente, imponen su estructura de datos y vuelven imposible la salida. Es el famoso vendor lock-in: una vez que la agencia pública ordena su mundo con la ontología de Palantir, desprenderse cuesta una fortuna o directamente se vuelve inviable. La empresa nació al calor del Estado y ahora busca invertir la relación: que el Estado pase a depender de su infraestructura como un inquilino cautivo. Una privatización de hecho, pero con tablero, nube y dashboard.
La retórica de Karp se vuelve todavía más filosa cuando entra en cultura y orden social. El manifiesto dice que algunas culturas produjeron avances vitales y otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Rechaza el pluralismo “vacío”, pone bajo sospecha la inclusión y plantea que Occidente necesita una identidad fuerte para evitar su decadencia. La defensa de Elon Musk entra en ese mismo paquete. Los multimillonarios visionarios aparecen como una suerte de nueva nobleza productiva, incomprendida por elites débiles que hablan mucho y construyen poco. Ahí ya no hay sólo militarismo. Hay una idea bastante nítida de supremacía cultural barnizada de eficacia.
Ese combo se completa con una agenda explícita de control social. Palantir pide que Silicon Valley juegue un rol activo contra el crimen violento. El problema es que ya lo hizo. Una investigación de The Verge mostró que el contrato con Nueva Orleans entre 2012 y 2018 funcionó como laboratorio de policía predictiva sobre una base de evaluación de riesgo concentrada en el 1% de la población, sin información clara al propio ayuntamiento. La ACLU concluyó que el sistema amplificaba sesgos raciales. Es decir: la promesa de salvar vidas terminaba reforzando la vigilancia sobre los de siempre. La solución tecnológica era, otra vez, un espejo que agranda lo peor del sistema que dice corregir.
La compañía también carga con contratos que explican por qué su manifiesto no puede leerse como simple provocación intelectual. Desde 2011 trabaja con ICE, la agencia migratoria de Estados Unidos. En 2025 firmó un contrato de USD 30 millones para desarrollar ImmigrationOS, una plataforma que ofrece visibilidad casi en tiempo real sobre personas migrantes, cruza bases oficiales, perfila casos y prioriza deportaciones. En paralelo, en enero de 2024 anunció una asociación estratégica con el Ministerio de Defensa israelí para misiones vinculadas a la guerra. Distintos informes y la evaluación de la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, sostienen que herramientas de análisis e inteligencia artificial fueron utilizadas para marcar objetivos y vigilar población palestina en Gaza. Palantir niega participación directa en sistemas específicos como Lavender o Gospel, pero el cuadro general ya dice demasiado.
El capítulo Epstein agrega otra capa incómoda. La conexión no pasa por Palantir como empresa sino por Peter Thiel. Archivos judiciales y reportes del New York Times revelaron contactos, reuniones y correspondencia entre Thiel y Jeffrey Epstein entre 2014 y 2017. Epstein invirtió alrededor de USD 40 millones en fondos de Valar Ventures, cofundado por Thiel, y además facilitó contactos y conversaciones sobre inversiones vinculadas a Palantir. La empresa dijo no tener conocimiento de inversiones directas de Epstein en la compañía. No hay evidencia pública de una relación personal o financiera entre Alex Karp y Epstein. Pero el dato vuelve a poner sobre la mesa algo más profundo: en este ecosistema, seguridad nacional, inteligencia, grandes fortunas, redes políticas opacas y negocios privados suelen mezclarse demasiado.
En esa galaxia, Karp ocupa un lugar especial. No habla como Peter Thiel, que hace años viene empujando la separación entre libertad y democracia. Tampoco como Curtis Yarvin, que teoriza sin vueltas sobre un orden posdemocrático con CEO monárquico. Karp prefiere un tono republicano, cita a Habermas, se presenta como defensor de una “República tecnológica” y evita la ruptura frontal con el marco institucional. Pero esa moderación es más estética que sustantiva. Detrás del lenguaje republicano aparece una ambición concreta: transformar al Estado en una sucursal de su infraestructura digital y vaciar la soberanía de contenido democrático. No romper la república, sino cablearla por dentro hasta que funcione como una filial.
Por eso la visita de Thiel a la Argentina no puede leerse sólo como turismo de lujo, scouting de negocios o curiosidad por el laboratorio Milei. También puede ser una postal más de época. Un país en crisis, con hambre de capital y deslumbrado por los nombres del nuevo poder global, recibe a uno de los hombres que mejor sintetiza el cruce entre tecnología, geopolítica y negocios de vigilancia. Mientras tanto, su empresa publica un catecismo que reivindica militarización, control social, jerarquías culturales y subordinación del Estado a la infraestructura privada. El desembarco podrá ser silencioso. El programa que trae encima no lo es en absoluto.




