El escándalo sacudió al karinismo, abrió grietas con el clan Menem y dejó a Pablo Quirno mejor posicionado en la carrera por acumular poder.
El temblor empezó con Manuel Adorni, pero ya sacude a todo el ecosistema libertario. Lo que parecía un episodio acotado terminó filtrándose en la interna más sensible del poder: la que orbita alrededor de Karina Milei.
En su vuelo descontrolado, Adorni no solo quedó expuesto. También logró algo más delicado: fisurar la línea interna del karinismo. La reacción no tardó. El clan Menem empezó a tomar distancia, con reflejos de supervivencia política. En ese mundo, despegarse a tiempo es acumular.
La señal fue clara. Nadie quiere quedar pegado a un costo que todavía no está del todo medido.
En la fauna que rodea a los hermanos Milei, Adorni y los Menem juegan en ligas distintas. No comparten códigos ni lógica de construcción. Mientras el vocero creció como pieza comunicacional del Presidente, los Menem operan con una lógica más territorial, más clásica, más paciente.
El resultado es una convivencia tensa. Y el escándalo funcionó como catalizador.
En ese reordenamiento empieza a aparecer otro nombre: Pablo Quirno. Sin exposición pública y con perfil técnico, Quirno suma puntos en silencio. En el Gobierno lo describen como alguien que logró lo más difícil en este esquema: ganarse la confianza de Karina —la “Gran Hermana”— y, al mismo tiempo, llevarse bien con todas las tribus.
Esa combinación hoy cotiza.
Si la caída de Adorni se confirma, el mapa de poder se va a mover. Y en ese tablero, Quirno aparece como una figura de equilibrio. No por volumen político propio, sino por su capacidad de no generar rechazo.
En un gobierno atravesado por tensiones internas, eso no es poco.
A veces, en política, sobrevivir no es resistir. Es caer mejor que el resto. Y en esa lógica, algunos ya empezaron a acomodarse antes del impacto




