lunes, 23 febrero 2026

Maduro llegó encapuchado al “infierno de Brooklyn”

Se trata del Metropolitan Detention Center (MDC) , una prisión federal que carga con una reputación oscura y un prontuario que la convirtió en sinónimo de castigo extremo para detenidos de alto perfil. Allí se suicido Jeffrey Edward Epstein

La imagen es potente: Nicolás Maduro encapuchado, trasladado bajo custodia a una de las cárceles más temidas de Estados Unidos. No se trata de cualquier penal. Es el Metropolitan Detention Center (MDC) de Brooklyn, una prisión federal que carga con una reputación oscura y un prontuario que la convirtió en sinónimo de castigo extremo para detenidos de alto perfil.

El MDC es conocido dentro y fuera del sistema judicial estadounidense como el infierno de Brooklyn. No por su arquitectura, sino por sus condiciones: aislamiento, régimen estricto, denuncias reiteradas por falta de calefacción, cortes de luz, comida escasa y un control absoluto sobre los internos. Allí estuvieron detenidos narcotraficantes, financistas, celebridades caídas en desgracia y figuras que Washington decidió exhibir como trofeos políticos y judiciales.

Entre esos nombres aparece Jeffrey Epstein, el financista acusado de tráfico sexual que murió dentro del sistema federal en circunstancias que aún hoy generan sospechas y controversias. Su paso por una cárcel del mismo circuito convirtió a estos penales en una referencia obligada cada vez que Estados Unidos decide mostrar músculo frente a enemigos externos o figuras incómodas.

En ese marco, la eventual llegada de Maduro encapuchado no es solo un dato judicial. Es un mensaje. La capucha no cumple una función de seguridad: cumple una función simbólica. Borra el rostro, reduce al detenido a un cuerpo bajo control y transmite una idea clara de poder absoluto. No hay estrados, no hay discursos, no hay soberanía que valga dentro del perímetro carcelario.

Para Estados Unidos, el traslado a Brooklyn funciona como una escenografía perfecta. No es Guantánamo, pero juega en la misma liga narrativa. Es justicia federal con estética de castigo ejemplar. Para América Latina, la escena reabre una discusión vieja: hasta dónde llega la jurisdicción norteamericana y qué lugar ocupan los líderes regionales cuando pasan de interlocutores incómodos a acusados.

Más allá de los tiempos procesales y de lo que resuelvan los tribunales, la postal ya quedó instalada. Maduro encapuchado rumbo al infierno de Brooklyn no es solo una noticia: es una imagen pensada para perdurar, disciplinar y dejar claro quién pone las reglas cuando el conflicto escala al terreno judicial.

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