En medio del reordenamiento energético que impulsa el Gobierno, una empresa estadounidense puso sobre la mesa una inversión fuerte para volver a poner en marcha una pieza clave del esquema nuclear argentino. Se trata de un proyecto por unos 230 millones de dólares para reactivar la planta de Dioxitek en Formosa, hoy paralizada pero estratégica dentro del ciclo del combustible nuclear.
El dato no es menor: Dioxitek es la única firma del país que produce dióxido de uranio, el insumo base que utilizan centrales como Atucha I, Atucha II y Embalse. Es, en términos simples, el eslabón que permite que la energía nuclear funcione sin depender completamente del exterior.
El plan de Nano Energy —la compañía interesada— no se limita a reactivar lo existente. Apunta a avanzar hacia una etapa superior: producir hexafluoruro de uranio, un material clave en la cadena global del combustible nuclear y con demanda creciente en un mercado con pocos jugadores.
Si el proyecto avanza, podría convertirse en el primer desarrollo nuclear que se encuadre dentro del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), la herramienta que el Gobierno busca usar como anzuelo para atraer capitales de gran escala.
Detrás de esta iniciativa hay un proceso que viene madurando hace meses. En 2025, la empresa estadounidense y Dioxitek firmaron un memorando para explorar una posible asociación. Ese acercamiento terminó de consolidarse en el “Argentina Week” en Nueva York, donde el sector nuclear volvió a aparecer como un área con potencial exportador.
La jugada abre varias lecturas. Por un lado, refuerza la idea de un giro hacia esquemas mixtos, donde el Estado mantiene activos estratégicos pero el capital privado entra a financiar y escalar proyectos. Por otro, pone sobre la mesa una discusión más profunda: si Argentina quiere usar su capacidad nuclear para abastecerse o para integrarse —como proveedor— a un mercado global en plena transformación.
En ese equilibrio, Formosa podría pasar de ser una obra inconclusa a convertirse en un nodo clave de una industria que vuelve a tener peso geopolítico. Porque el uranio, otra vez, empieza a jugar en las grandes ligas.




