Un agente dejó al descubierto la tensión interna por el bono de 40 mil pesos
La postal oficial del acto por Malvinas buscó orden, solemnidad y silencio. Pero en los bordes del operativo se coló otra escena, menos épica y bastante más terrenal. En medio del homenaje por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, el que pidió la palabra, casi en secreto, fue el custodio de Diego Santilli.
El acto central estuvo rodeado por un operativo de seguridad amplio. No era casual. En la previa existía preocupación por la posibilidad de que se acercara alguna manifestación vinculada al reclamo salarial que ya venían agitando sectores de las fuerzas federales. El malestar no había nacido ese día: venía creciendo desde fines de marzo y terminó de hacerse visible el 2 de abril, cuando efectivos de distintas fuerzas sostuvieron una protesta pese al intento oficial de desactivar el conflicto con un bono extraordinario.
Por eso Casa Militar dispuso un circuito especial para el ingreso de funcionarios. La idea era alejarlos de la prensa y encapsular la escena. Un operativo prolijo, casi quirúrgico, pensado para que nadie rompiera el libreto. Pero los vallados, como suele pasar, sirven para ordenar cuerpos, no para enfriar broncas.
En una de esas rendijas apareció el custodio de Santilli. Mientras seguía de cerca al Ministro de Interior, que carga con pasado macrista y hoy conserva buena sintonía con Javier Milei, se arrimó a los pocos periodistas que habían logrado eludir el control. No levantó la voz. No hizo un planteo formal. Apenas soltó un ruego que sonó más fuerte que cualquier discurso.
“Pregúntale por el aumento por favor, estamos pasando hambre. Nos quieren dar 40 mil pesos por única vez, es un chiste”, dijo, casi al pasar. La frase tuvo el tono de quien no quiere quedar expuesto, pero tampoco quiere seguir tragándose la bronca.
El reclamo no era un capricho aislado. El Gobierno oficializó por el Decreto 216/2026 una suma fija, no remunerativa y no bonificable, de 40 mil pesos por única vez para personal en actividad de Gendarmería, Prefectura, Policía Federal, PSA, Servicio Penitenciario Federal y también para la Dirección Nacional de Inteligencia Criminal. Además, estableció adicionales por grado. Aun así, la protesta siguió en pie porque los efectivos consideraron insuficiente la respuesta.
Ahí está el contexto que le da espesor a la escena. El susurro del custodio de Santilli no fue una rareza pintoresca ni un exabrupto individual. Fue la filtración de un conflicto más grande. Uno que ya había asomado en la protesta frente al edificio Centinela y que expuso ingresos de base que, según distintas coberturas, se mueven en una franja que muchos efectivos consideran directamente incompatible con el costo de vida actual.
El Gobierno quiso blindar el homenaje como quien pasa una mano de pintura fresca sobre una pared agrietada. De lejos funciona. De cerca, las rajaduras siguen ahí. Y a veces hablan.
No hubo escándalo ni interrupciones. El acto siguió. La foto oficial también. Pero quedó ese susurro flotando en el aire, como una astilla. Porque cuando un custodio de Diego Santilli les pide a los periodistas que pregunten por los salarios, ya no se trata sólo de una queja individual. Se trata de una fisura en el relato del orden. Y esas fisuras, por más que se las quiera tapar, siempre terminan encontrando por dónde pasar.




