Los escándalos que rodean al gobieron endurecieron la disciplina interna: proyectos con aval previo y mínimo contacto con la prensa para evitar nuevos tropiezos.
La orden bajó sin vueltas. Fue breve, directa y con tono de advertencia. En la última reunión de bloque libertario, la consigna fue una sola: cerrar filas y bajar el volumen. Dicho en criollo, dejar de hablar de más.
El encuentro lo encabezó el cordobés Gabriel Bornoroni. No fue una reunión más. El clima venía cargado. En las semanas previas se acumularon episodios incómodos, declaraciones desordenadas y filtraciones que generaron ruido en el Gobierno. La sensación en Balcarce 50 es que cada palabra fuera de libreto cuesta caro.
“Basta de pisar el palito”, fue la frase que marcó la línea. No hubo eufemismos. El mensaje fue que el margen de error se achicó al mínimo. Y que cualquier desliz puede amplificarse en un contexto político que consideran hostil.
La instrucción operativa fue concreta. A partir de ahora, ningún proyecto podrá presentarse sin el aval previo de la Casa Rosada. Se terminó la iniciativa individual. Se terminó el juego en solitario. Todo pasa por filtro político.
El otro eje fue el vínculo con la prensa. La recomendación fue reducirlo al máximo. Evitar declaraciones improvisadas. No responder fuera de agenda. Y, sobre todo, no entrar en provocaciones. La lógica es defensiva: menos exposición, menos riesgo.
Uno de los legisladores lo resumió en voz baja, mientras algunos tomaban nota: “Nos recomendaron cuidados extremos y no generar ruido. No hay margen para otro error porque estamos en una batalla permanente y nos buscarán lo que sea para dañarnos”.
La escena tiene algo de metáfora. Como si el oficialismo caminara sobre un campo minado, donde cada paso en falso puede detonar una crisis. La respuesta, por ahora, es avanzar más lento y con órdenes claras desde arriba.
En off, un dirigente del espacio fue aún más explícito: “Esto es supervivencia política. Si hablamos de más, perdemos. Si nos ordenamos, resistimos”. No es una estrategia de expansión. Es una estrategia de contención.
El trasfondo es evidente. El Gobierno necesita sostener cohesión interna mientras enfrenta un escenario de alta tensión. Las reformas avanzan con dificultad. El frente económico sigue bajo presión. Y la política, como siempre, amplifica cualquier grieta.
La decisión de centralizar y disciplinar al bloque apunta a eso. A evitar errores no forzados. A cerrar filas. A reducir el margen de improvisación que caracterizó los primeros meses de gestión.
Pero hay una ironía inevitable. Un espacio que llegó al poder reivindicando la espontaneidad y la ruptura con la política tradicional ahora ensaya un esquema de control clásico. Menos libertad discursiva, más verticalidad.
El desafío será sostener ese equilibrio. Porque el silencio ordena, pero también enfría. Y en política, a veces, el exceso de cautela puede ser tan riesgoso como hablar de más.




