Con movimientos más fluidos, coordinación en tiempo real y mayor autonomía, el espectáculo funcionó como vidriera del avance acelerado de la robótica china.
El Chinese New Year siempre fue un festival de exceso visual: fuegos artificiales, dragones, luces y coreografías multitudinarias. Pero este año el espectáculo tuvo un protagonista inesperado. O, mejor dicho, cientos: robots que bailaron sincronizados con una precisión que hace apenas doce meses parecía experimental y hoy ya parece rutina.
Las coreografías robotizadas que se vieron en galas televisivas y espectáculos públicos marcaron un salto evidente respecto del año pasado. En 2025, los movimientos todavía tenían algo mecánico, con pausas visibles y cierta rigidez. Este año, en cambio, los robots ejecutaron secuencias complejas, cambios de ritmo y desplazamientos grupales con una fluidez que empieza a parecer humana. No es sólo estética: detrás hay mejoras fuertes en equilibrio dinámico, sensores y procesamiento en tiempo real.
La diferencia se explica por avances concretos. Los nuevos modelos combinan visión artificial más precisa, mejor respuesta ante cambios del entorno y algoritmos de coordinación colectiva que permiten que decenas de unidades se muevan como si fueran un solo cuerpo. Lo que antes requería programación rígida ahora se ajusta en vivo, corrigiendo errores sin detener la escena. Si uno se equivoca, el resto sigue.
El espectáculo funciona también como mensaje político y tecnológico. China convirtió el Año Nuevo en una vidriera de su industria robótica, mostrando no sólo entretenimiento sino capacidad industrial: robots más baratos, más estables y cada vez más replicables para usos logísticos, industriales o de servicios. El baile es la excusa; la demostración es tecnológica.
Lo interesante es que el salto se nota incluso para el público común. Hace un año el comentario era “qué impresionante que no se caigan”. Este año la reacción fue distinta: “bailan bien”. Ese cambio de percepción marca algo más profundo. Cuando la tecnología deja de sorprender por funcionar y empieza a ser evaluada por cómo lo hace, es porque entró en otra etapa.
Y ahí aparece el costado divertido del asunto. Mientras millones miraban las coreografías en televisión, la sensación era doble: fascinación y una pequeña incomodidad. Porque si los robots ya pueden bailar sincronizados frente a millones de personas, quizás lo próximo no sea que reemplacen a los operarios… sino que nos dejen en evidencia en la pista.







