Estallo una batalla inesperada. Dos comunidades que comparten estética pero no sentido. Mientras los furrys defienden una práctica cultural y creativa, los therians reclaman identidad animal vivida como algo real.
En el zoológico infinito de las redes sociales estalló una pelea que nadie vio venir, pero que todos terminaron mirando. De un lado, los furrys: comunidad vieja, organizada, con convenciones, trajes de miles de dólares y una estética que mezcla Disney, anime y cultura geek. Del otro, los therians: un grupo más chico, más difuso, que no juega a “interpretar” animales sino que dice serlo en un plano identitario y espiritual. El choque era inevitable. Y llegó.
La chispa prendió, como casi todo hoy, en TikTok. Videos de jóvenes therians explicando que “no son furrys” y que su identidad animal no es un hobby ni un disfraz empezaron a circular con velocidad algorítmica. La respuesta no tardó: creadores furrys acusaron a los therians de estigmatizar a toda la comunidad, de empujarla hacia el ridículo y de alimentar el bullying histórico contra ellos.
Ahí apareció la línea roja. Para los furrys, ser furry es una práctica cultural y creativa: diseño de personajes, rol, performance, sociabilidad. No hay —al menos en el discurso dominante— una afirmación literal de “soy un lobo”. Para los therians, en cambio, el punto es exactamente ese: sienten una identidad no humana, ligada a un animal específico, que dicen experimentar desde la infancia. No cosplay, no juego, no fandom.
El conflicto se volvió áspero cuando algunos videos therians empezaron a circular burlándose de los trajes furrys, marcando distancia: “ellos se disfrazan, nosotros somos”. Desde el lado furry, la réplica fue inmediata: acusaciones de delirio, de apropiación confusa, y de poner en riesgo años de construcción comunitaria que había logrado, con esfuerzo, correrse del margen más grotesco de internet.
Twitter —o X, según su actual branding— hizo el resto. Hilos eternos, capturas fuera de contexto, cancelaciones cruzadas y una guerra semántica sobre quién tiene derecho a qué palabra, a qué identidad y a qué representación. Algunos furrys recordaron que durante décadas fueron tratados como freaks. “No nos tiren de nuevo al barro”, fue el mensaje implícito.
En el fondo, la pelea es menos exótica de lo que parece. Es una discusión clásica de internet: límites de la identidad, quién define a quién y qué pasa cuando una subcultura logra cierta normalización y otra aparece empujando desde un margen todavía más incómodo. Los furrys, que ayer eran el chiste fácil, hoy defienden una frontera. Los therians, que aún habitan el borde, rechazan ser absorbidos o banalizados.
No hay ganador claro. Pero sí un dato: internet ya no discute solo política o economía. Discute ontología. Qué sos. Qué decís que sos. Y quién te cree. En esa selva digital, furrys y therians protagonizan una batalla que parece absurda, pero que dice bastante sobre la época: identidades en disputa, algoritmos como combustible y una necesidad feroz de existir —aunque sea a los colmillos— en el feed de los demás.







