“Las reglas cambian todo el tiempo”, expuso Milagros Brito, hija del fundador del Banco Macro y referente del real state.
Milagros Brito, referente del real estate e hija del fundador del Banco Macro, puso en palabras una incomodidad persistente del empresariado argentino: la falta de reglas claras. En una entrevista reciente en el podcast de Beltrán Briones, afirmó que en Argentina “las reglas para hacer negocios son impredecibles” y que, muchas veces, “las proyecciones no coinciden con la realidad”.
La definición no provino de un economista heterodoxo ni de un dirigente opositor. Llegó desde el corazón del mundo empresario, de una voz asociada históricamente al establishment financiero y al desarrollo inmobiliario. Por eso tuvo impacto. No dijo nada nuevo, pero lo dijo desde un lugar que el Gobierno suele presentar como aliado natural.
El señalamiento apunta a un problema estructural más que coyuntural. No se trata solo de inflación, tipo de cambio o presión impositiva, sino de la dificultad para anticipar escenarios. En ese marco, el riesgo no es tanto económico como normativo: reglas que cambian, interpretaciones que se modifican y decisiones que pierden sustento en el camino.
Las palabras de Brito reabren un debate incómodo para la actual administración, que apuesta a instalar la idea de previsibilidad como uno de sus principales activos políticos. Sin embargo, la experiencia concreta de quienes invierten y proyectan a largo plazo muestra que la estabilidad no se decreta: se construye.
El contraste es evidente. Mientras el discurso oficial insiste en que el mercado ordena y disciplina, desde el propio sector privado emergen alertas sobre la distancia entre el plan y su implementación. La brecha entre expectativas y resultados vuelve a aparecer como una constante argentina.
En definitiva, la advertencia no habla de falta de vocación inversora, sino de un problema más profundo: sin reglas claras y sostenidas en el tiempo, incluso los actores más cercanos al poder dudan. Y cuando eso ocurre, el clima de negocios deja de ser una consigna para convertirse en un interrogante.







