Los representantes de bancos, el campo, la industria, el comercio, la construcción y el sector financiero reclamaron liberar el crédito en dólares para reactivar la economía, pero la Casa Rosada respondió con cautela macro.
El poder económico fue a la Casa Rosada con un pedido concreto: que el Gobierno habilite más crédito en dólares. Y la escena dejó una paradoja política inesperada. El G6 —el núcleo duro del establishment empresario— reclamó mayor audacia financiera mientras la administración libertaria respondió con cautela macroeconómica.
La reunión entre el Grupo de los Seis y el vocero presidencial, Manuel Adorni, funcionó menos como un encuentro protocolar y más como una señal de clima económico. Participaron representantes de la banca, la industria, la construcción, el comercio y las entidades empresarias más influyentes del país. El diagnóstico fue compartido: sobran dólares en el sistema financiero, pero faltan mecanismos para transformarlos en actividad.
El planteo central lo llevaron los bancos. Tras el blanqueo y la creciente emisión de deuda corporativa en moneda extranjera, el sistema acumula un volumen récord de depósitos en dólares. El problema es otro: esos dólares están prácticamente inmovilizados. Las entidades pagan intereses por captar esos fondos, pero tienen fuertes restricciones regulatorias para prestarlos. Resultado: un negocio financiero incompleto.
La lógica bancaria es simple. Si pueden prestar en dólares, pueden cobrar tasa y convertir ese excedente de liquidez en rentabilidad. Hoy, en cambio, el sistema absorbe depósitos sin generar crédito productivo suficiente. En privado, ejecutivos financieros explicaron que el esquema actual convierte a los bancos en meros custodios de dólares, no en intermediarios financieros plenos.
La Cámara Argentina de la Construcción vio allí una oportunidad inmediata. El sector imagina un nuevo ciclo de desarrollos inmobiliarios financiados en moneda dura, algo que históricamente dinamizó el real estate argentino cuando existió crédito hipotecario o corporativo en dólares. La expectativa empresaria es que la liquidez financiera pueda traducirse en proyectos urbanos y obra privada.
Los industriales también llevaron su agenda. Plantearon que el acceso a deuda en dólares permitiría financiar capital de trabajo e inversión a tasas internacionales, muy por debajo del costo del crédito en pesos. Para buena parte del sector manufacturero, el crédito en moneda extranjera aparece como una vía de supervivencia en un contexto de tasas locales todavía elevadas y demanda interna debilitada.
Desde el comercio, en tanto, la apuesta fue más indirecta. El razonamiento es que cualquier expansión del crédito terminaría generando actividad, movimiento económico y consumo. El famoso “derrame” que el sector espera desde hace meses sin señales claras de recuperación.
Ahí apareció la verdadera novedad política del encuentro. El G6 —expresión clásica del poder económico— fue a pedir más riesgo, más financiamiento y más expansión. Y el Gobierno libertario respondió con prudencia. Funcionarios dejaron trascender que la prioridad sigue siendo evitar descalces cambiarios y repetir experiencias pasadas donde el crédito en dólares terminó amplificando crisis financieras.
La escena invierte roles históricos. Durante décadas, el establishment reclamaba disciplina macroeconómica frente a gobiernos inclinados a expandir crédito y gasto. Esta vez, el sector empresario pide acelerar mientras la Casa Rosada administra el freno de mano.
Detrás de esa cautela hay un temor explícito: que una liberalización apresurada del crédito en dólares genere endeudamiento sin cobertura cambiaria y reabra riesgos sistémicos. El Gobierno sabe que la estabilidad financiera todavía es frágil y que cualquier error podría impactar directamente en el frente cambiario, el verdadero ancla del programa económico.
La reunión dejó, así, una foto singular del momento argentino. El poder real buscando instrumentos para reactivar la economía y un gobierno ideológicamente libertario defendiendo la prudencia macro. No fue un choque, pero sí una señal: la presión para pasar de la estabilización a la reactivación empezó a llegar desde el corazón mismo del empresariado. Y ahora el dilema ya no es ideológico, sino de timing económico







