El Presidente volvió a cargar contra Rocca, Madanes y Méndez y reavivó la tensión con el poder económico, al que acusa de haber sostenido un modelo de precios altos
El presidente Javier Milei volvió a tensar su relación con el establishment industrial con una estrategia que combina política económica y batalla cultural: los apodos. En un nuevo episodio de confrontación pública, el mandatario apuntó contra tres de los empresarios más influyentes del país y los rebautizó con sobrenombres que rápidamente circularon en el mundo corporativo y político.
En el centro de los cuestionamientos apareció Paolo Rocca, líder del Grupo Techint, a quien Milei llamó “Don Chatarrín”, en alusión directa al negocio siderúrgico y al rol histórico del conglomerado en la industria pesada argentina. El mensaje buscó instalar la idea de un empresariado acostumbrado a la protección estatal y a reglas hechas a medida.
El segundo blanco fue Javier Madanes Quintanilla, dueño de Aluar y figura central del sector energético e industrial. Milei lo bautizó “Don Gomita”, una referencia irónica que en la Casa Rosada interpretan como una crítica a empresarios que —según la visión oficial— reclaman beneficios mientras resisten la apertura económica.
El tercer apodo estuvo dirigido a Martín Méndez, titular de la UIA, a quien el Presidente llamó “Lengua Floja”. Allí el reproche fue político más que económico: en el Gobierno consideran que parte del empresariado industrial mantiene un doble discurso, apoyando públicamente la estabilidad macro pero cuestionando las reformas cuando afectan esquemas de protección sectorial.
Detrás del tono provocador hay una disputa más profunda. Milei busca redefinir la relación histórica entre el Estado y el poder empresario argentino. Mientras avanza con desregulaciones y apertura comercial, el oficialismo intenta correr el eje del debate desde la clásica alianza entre política e industria hacia un modelo donde las empresas compitan sin asistencia estatal.
En la Casa Rosada sostienen que la confrontación no es personal sino conceptual. Creen que parte de la dirigencia empresaria todavía opera bajo la lógica del “capitalismo regulado” que predominó durante décadas. Por eso, los apodos funcionan como herramienta comunicacional para marcar un adversario claro dentro del relato libertario.
El episodio también refleja un cambio de clima. A diferencia de otros momentos de la historia económica argentina, hoy el conflicto no enfrenta al Gobierno con sindicatos o movimientos sociales, sino con sectores del propio establishment productivo. La discusión gira menos sobre salarios y más sobre precios, protección industrial y márgenes de rentabilidad.
En paralelo, varios empresarios admiten en privado que el vínculo con la administración Milei atraviesa su fase más incómoda. Si bien valoran la estabilización macro y la baja de la inflación, crece la preocupación por la caída de la actividad y la velocidad de la apertura comercial.
Así, entre apodos y mensajes cruzados, la relación entre el Gobierno y la cúpula industrial entró en una nueva etapa: menos negociación silenciosa y más confrontación pública. Una dinámica que revela que, aun con un programa económico ortodoxo, la disputa por el modelo productivo argentino sigue abierta.







