Tras meses de cruces violentos, el presidente colombiano habló con Trump y habilitó la cooperación para el combate del narcotráfico
Gustavo Petro ensayó un giro inesperado en su relación con Estados Unidos. Después de meses de cruces, desconfianzas y acusaciones mutuas, el presidente colombiano acordó con Donald Trump explorar “acciones conjuntas” contra el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la guerrilla que opera a ambos lados de la frontera entre Colombia y Venezuela.
La llamada entre Petro y Trump marcó un cambio de clima. Donde antes hubo confrontación verbal y distancia política, ahora aparece la palabra cooperación. El foco está puesto en una ofensiva concreta contra el ELN, un actor armado que complica tanto la seguridad regional como la agenda interna del gobierno colombiano.
El acuerdo no implica todavía una operación militar definida, pero sí abre la puerta a una coordinación real. Para Petro, representa un movimiento pragmático: la “paz total” atraviesa su momento más frágil y el ELN volvió a convertirse en un problema sin solución a la vista. Para Washington, es la oportunidad de recuperar influencia directa en un conflicto histórico.
La posibilidad de una participación más activa de Estados Unidos reavivó el debate sobre una escalada bélica en la región. Nadie habla abiertamente de una intervención, pero tampoco hay desmentidas contundentes. A medida que aumenta la presión sobre la guerrilla, crece la incógnita sobre hasta dónde llegará la cooperación.
El giro de Petro también tiene lectura política. Enfrentado a un escenario interno complejo, con desgaste y críticas crecientes, el presidente colombiano parece optar por el realismo antes que por la épica. Menos discurso, más control territorial.
El mensaje es claro: el conflicto con el ELN dejó de ser solo un problema colombiano y volvió a instalarse como un asunto regional. Y cuando eso pasa, Estados Unidos siempre aparece en escena.







