La guerra volvió a ganar centralidad en el discurso global. Ya no como excepción, sino como herramienta. En un mundo que parecía haber aprendido algo después de la Segunda Guerra Mundial, el péndulo vuelve a inclinarse hacia la lógica de la fuerza y el enfrentamiento permanente.
En ese contexto, el Papa lanzó una advertencia incómoda para las potencias y también para los silencios selectivos de la diplomacia internacional. Dijo lo que muchos prefieren no escuchar: la guerra “vuelve a estar de moda” y el entusiasmo bélico se expande como un clima, casi como una tendencia, en la política global.
El diagnóstico va más allá de los conflictos puntuales. El pontífice puso el foco en un cambio de paradigma: la diplomacia basada en el diálogo está siendo desplazada por una diplomacia de presión, sanciones, armas y alineamientos rígidos. Menos negociación, más demostración de poder.
La advertencia no es menor. Según señaló, este giro implica un retroceso histórico en el respeto al derecho internacional construido tras 1945. Un andamiaje frágil, imperfecto, pero que funcionó durante décadas como dique frente a la guerra total. Hoy, ese dique muestra grietas.
El mensaje apunta también a la normalización del conflicto. A la idea de que la guerra puede ser administrada, acotada o incluso rentable. Una lógica que naturaliza la violencia como mecanismo de resolución y degrada la política a una extensión del campo de batalla.
Frente a ese escenario, el Papa llamó a recuperar el valor del diálogo, la paz y el multilateralismo. No como consignas abstractas, sino como herramientas concretas para frenar una deriva que amenaza con convertir al siglo XXI en una repetición de los peores capítulos del siglo XX.
En tiempos de discursos inflamados y soluciones rápidas, la advertencia suena incómoda. Pero justamente por eso resulta relevante: cuando la guerra se vuelve moda, alguien tiene que recordar que el costo siempre lo pagan los mismos.







