“El orden internacional dejó de existir”. La frase no es un exabrupto ni una provocación retórica. Es la advertencia que lanzó el politólogo Atilio Borón tras el ataque de Estados Unidos contra Venezuela, un episodio que, según su análisis, marca un punto de quiebre histórico en la política global.
Para Borón, el bombardeo no es un hecho aislado ni una anomalía coyuntural, sino la confirmación de que se terminó el sistema internacional basado en normas, diplomacia y respeto por la soberanía de los Estados. El andamiaje jurídico y político construido después de la Segunda Guerra Mundial —con la ONU como emblema— habría quedado reducido a una cáscara vacía.
“El mundo ya no se rige por reglas compartidas”, sostiene el politólogo. En su lugar, emerge una lógica mucho más cruda: la ley del más fuerte. Potencias que actúan unilateralmente, sin sanciones efectivas ni costos políticos relevantes, redefinen los límites de lo permitido en el escenario global.
El antecedente es especialmente peligroso porque naturaliza la violencia como herramienta de política exterior. Si una superpotencia puede atacar sin consecuencias, el mensaje hacia el resto del sistema internacional es claro: las normas son optativas y la fuerza vuelve a ser el principal factor ordenador.
Borón advierte que este cambio de paradigma no solo afecta a los países directamente involucrados. El quiebre del orden global impacta de lleno en las naciones periféricas, que pierden marcos de protección institucional y quedan más expuestas a presiones económicas, diplomáticas o militares.
En este nuevo escenario, la diplomacia cede terreno frente a la coerción, y el multilateralismo se debilita frente a decisiones unilaterales. La política internacional deja de ser un espacio de negociación para convertirse en un campo de disputa abierta, con reglas cada vez más difusas.
La pregunta que queda flotando —y que Borón deja abierta— es inquietante: ¿estamos ingresando en una nueva era de conflictos sin límites, donde la fuerza reemplaza definitivamente al derecho? Si la respuesta es afirmativa, el mundo que viene será más inestable, más violento y mucho menos previsible.







