A sus 75 años, Joaquín Sabina hizo una confesión brutal. Una frase que resume décadas de canciones, excesos y noches largas
“Le tengo miedo a padecer el desamor”. La confesión no viene de un debutante ni de un romántico ocasional. La dice Joaquín Sabina, después de décadas de canciones, excesos, despedidas y noches largas. Y por eso pesa más.
No habla del amor como ideal, sino de su ausencia como experiencia concreta. El desamor no como tristeza pasajera, sino como intemperie. Como el momento en que ya no hay a quién escribirle, ni contra quién cantar. En Sabina, el miedo no es a la soledad física, sino al vacío emocional cuando se apaga el vínculo que da sentido al caos.
La frase condensa toda su obra. Está en sus tangos canallas, en sus himnos de madrugada, en los personajes rotos que pueblan sus letras. Sabina siempre escribió desde la herida, pero también desde la certeza de que amar —aunque duela— es mejor que no sentir nada.
Dicha hoy, con la voz gastada y el cuerpo más lento, la confesión adquiere otra densidad. Ya no es el temor juvenil a perder, sino el miedo adulto a que no vuelva. A que el amor no reaparezca con otro nombre, otra cara, otra historia.
En tiempos de vínculos descartables y afectos administrados, Sabina vuelve a decir lo que incomoda: que el desamor no es una anécdota, es una experiencia límite. Y que incluso quienes hicieron de la ironía un escudo siguen temiéndole.
No es una frase para redes. Es una declaración de principios. Sabina, como siempre, elige mostrarse sin maquillaje: vulnerable, lúcido y brutalmente honesto. Porque si algo aprendió después de tantas canciones es que el verdadero riesgo no es amar demasiado, sino quedarse sin a quién cantarle.







