Chats, reproches y puertas que se cierran. El vínculo entre Nicolás Massot y Fernanda Ávila salió del ámbito privado y se transformó en un relato que recorre despachos y cafeterías del Congreso, donde la política y la vida íntima rara vez avanzan por caminos separados.
En el Congreso las historias nunca terminan cuando se apagan las luces del recinto. Cambian de escenario. Pasan a los pasillos, a los bares cercanos, a los chats que circulan de despacho en despacho. Y en las últimas semanas, una historia empezó a repetirse con insistencia: el vínculo entre el diputado Nicolás Massot y la diputada Fernanda Ávila, una relación que mezcló política, intimidad y escándalo doméstico hasta convertirse en tema obligado de conversación.
Massot, diputado bonaerense, carga con un apellido pesado en la política y los medios. Supo moverse entre el PRO y los sectores liberales hasta acomodarse en el nuevo mapa que dejó la irrupción de Javier Milei. De perfil bajo en lo personal, su vida privada irrumpió de golpe cuando, según relatan en el propio Congreso, su pareja encontró en su celular un intercambio de mensajes con la legisladora catamarqueña que excedía largamente lo político. El episodio habría terminado con una escena abrupta: la puerta de su casa cerrándose y el diputado dejando el hogar familiar. Massot es padre de un bebé de poco más de un año y medio, dato que volvió la historia todavía más comentada en el ambiente parlamentario.
Fernanda Ávila tiene otra trayectoria. Llegó a la Cámara después de haber sido secretaria de Minería durante la gestión de Sergio Massa, en un área estratégica para el crecimiento del litio y la agenda extractiva del norte argentino. Su construcción política responde al gobernador Raúl Jalil, uno de los mandatarios provinciales que eligió una relación pragmática con el gobierno libertario. Ese movimiento también se reflejó en el recinto: Ávila, que llegó desde el peronismo, comenzó a acompañar votaciones alineadas con el oficialismo, generando incomodidad en su propio espacio.
Pero en el Congreso la política nunca se cuenta sola. A Ávila la rodea una fama construida más en murmullos que en declaraciones públicas. En los pasillos se la menciona como protagonista de vínculos sentimentales dentro del propio ámbito legislativo, incluso de un romance previo con un asesor cercano al presidente de la Cámara, Martín Menem. Nadie lo confirma abiertamente. Todos dicen haberlo escuchado. El folklore parlamentario funciona así: mezcla versiones, exageraciones y silencios convenientes.
Lo que convirtió esta historia en un pequeño culebrón político no fue sólo el romance, sino el contraste entre los perfiles. Massot, representante de un liberalismo de tono racional y discurso ordenado. Ávila, dirigente del peronismo del interior que hoy se mueve con pragmatismo en un Congreso fragmentado. Dos trayectorias distintas que se cruzaron en un momento donde las lealtades políticas son cada vez más flexibles.
En los despachos dicen que el episodio resume el clima de época: alianzas inesperadas, identidades en movimiento y una política donde las fronteras entre lo público y lo privado se vuelven cada vez más difusas. Como suele ocurrir, nadie sabe cuánto hay de verdad y cuánto de exageración. Pero mientras tanto, la historia sigue viva, alimentada por el combustible más abundante del Congreso: el rumor.
Porque en la política argentina, como en cualquier novela, las historias personales nunca son sólo personales. Siempre dicen algo más sobre el poder que las rodea.







