Cuáles son las provincias no garantizan el mínimo de horas de clase fijado por el Consejo Federal de Educación. Más de 718 mil alumnos de primaria quedarán por debajo del piso anual previsto.
Solo tres jurisdicciones planificaron calendarios que aseguran los 190 días de clases.
Un informe reciente volvió a poner en evidencia una de las deudas estructurales del sistema educativo argentino: la distancia entre lo que se fija como objetivo y lo que efectivamente ocurre en las aulas. Según un relevamiento de la organización Argentinos por la Educación, siete provincias no garantizan el mínimo de 760 horas de clase anuales establecido por el Consejo Federal de Educación para los alumnos de nivel primario.
Se trata de Santa Cruz, La Rioja, Río Negro, Tucumán, San Juan, Buenos Aires y Chubut. En conjunto, esas jurisdicciones concentran a 718.712 estudiantes que, de acuerdo con los calendarios oficiales, no alcanzarán el piso mínimo de horas de clase previsto por la normativa nacional.
El dato no surge de estimaciones sino del análisis de los propios planes educativos provinciales. Es decir, aun cumpliendo el calendario tal como fue diseñado, esos sistemas educativos quedarían por debajo del umbral fijado para garantizar los aprendizajes básicos.
El informe también muestra otra señal preocupante: apenas tres provincias —Santiago del Estero, San Luis y Mendoza— planificaron un calendario escolar que asegura el cumplimiento de la meta de 190 días de clase. El resto de las jurisdicciones se ubica por debajo de ese objetivo, que desde hace años funciona como referencia para ordenar el ciclo lectivo.
La situación expone un problema persistente. La cantidad efectiva de horas en el aula sigue dependiendo más de las capacidades administrativas y los conflictos locales que de una política educativa homogénea a nivel nacional. El resultado es un mapa fragmentado, donde el acceso al tiempo escolar varía según la provincia en la que nace cada estudiante.
En un contexto de deterioro de los indicadores educativos y caída del rendimiento en pruebas de aprendizaje, el tiempo de clase vuelve a aparecer como una variable central. No resuelve por sí sola los problemas del sistema, pero su ausencia marca un límite evidente: sin horas en el aula, cualquier discusión sobre calidad educativa empieza desde atrás







